El ojo todo lo ve

By 2:02 ,

                                                                                        Imagen: We heart it

Quise correr, creedme que lo intenté con todas mis fuerzas. Al menos en mi cabeza. Mi cerebro en estado de shock mandaba la orden al resto del cuerpo. A pesar de encontrarse en ese estado de letargo era capaz de enviar la orden: ¡Corre! ¡Huye! ¡Vete de aquí!

Pero, mi cuerpo no respondía. Mis ojos procesaban y componían cada imagen que tenía frente a mí. El parque a la izquierda lleno de niños jugando en el tobogán. La señora recogiendo las heces de su pequeño perro mientras este emitía un ladrido agudo y molesto. El coche parado en el paso de cebra, su paciente conductor esperando a que el octogenario señor cruzara al otro lado ayudado por un andador. La pareja que parecía despedirse en la puerta de uno de lo portales de los edificios de enfrente. La pareja... que se besaba apasionadamente sin pudor y sin importarles el mundo que les rodeaba. La susodicha pareja compuesta por una guapa mujer, madura pero de aspecto juvenil y mi señor marido. Mi leal y servicial marido, padre de mis criaturas. Trabajador responsable y enemigo del escándalo. "Suerte de marido" Me decían las vecinas. "Hija, que marido tan bueno tienes" me decía mi madre. El pedazo de mierda de mi "suerte de marido" se sentía tan seguro que no tenía inconveniente en mostrar su infidelidad a plena luz del día.

Mi cerebro despertó del letargo empujado por mi creciente rabia, saqué el teléfono y marqué su número pero ni se inmutó. Debía tener el volumen del tono de llamada en silencio. Aproveché que tenía el teléfono en la mano y realicé un amplio reportaje fotográfico.
Crucé la acera, dudando si debía o no hacer lo que estaba a punto de hacer. Está vez, mi corazón era el que gritaba que saliera corriendo de allí. Pero mi cerebro, con una calma asombrosa me susurraba: Ve, acércate. No le dejes escapar.

Llegué hasta ellos, caminé despacio a espaldas de ella. Seguían enganchados como dos animales en celo. Él con los ojos cerrados mientras su lengua trataba de tocar la campanilla de la elegante señora. Elegante, por la indumentaria, porque la escena era vulgar y desagradable. Me acerqué sigilosa y le susurré al oído:
—Manolo. Te has dejado las llaves.
Dio un respingo con cara de horror. Ella sorprendida, con cara de no saber un carajo. Manolo balbuceaba: Ca ca ca...
—¿Ca ca ca? No seas escatológico delante de la dama, querido.
—Cariño, no no no, no es...—Acertó a decir.
—Ca ca ca, no no no. ¡Qué! ¡Desgraciado! ¡¿Se te ha dormido la lengua?!

No recuerdo nada más. Lo siguiente que sucedió está borroso en mi recuerdo. La señora lloraba, yo perdí los nervios y Manolo salió corriendo con el rabo entre las piernas, con la mala suerte que le embistió un coche mientras corría despavorido. Homicidio involuntario, enajenación mental transitoria. Como si le hubiera empujado. Debí hacer caso a mi aletargado cerebro y simplemente correr cuando mis ojos vieron lo que él no quería ver.

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2 comentarios

  1. Guau, no me esperaba ese final! Eso sí, la frase que le susurra al oído me encanta, genial, jeje.

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    1. Gracias bonita! Son ejercicios que hago para practicar narrativa. Un abrazo!!

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