La petición

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                                                                                                    Imagen: Personal.

Caminabas sin descanso por testarudez, movido por la rabia que se iba apoderando de cada centímetro de tu ser. Era evidente que el camino no era el más adecuado para huir de allí. La noche empezaba a hacer su estelar aparición y la nieve había borrado las huellas de la posible comunicación con la civilización más cercana. Aun así, preferías la nieve congelando la zona genital que seguir con ella ni un minuto más. Zorra ingrata. Todos tus ahorros dilapidados para alquilar la cabaña, comprar las viandas y el puñetero anillo de los cojones, como si estuviéramos en Wisconsin. La señorita quería un pedrusco como en las películas absurdas que te obligaba a ver. Tres años de relación y por fin te habías decidido. Con el anillo de compromiso en el bolsillo y el discurso preparado, se te ocurrió cogerle el móvil mientras se duchaba. No por desconfianza, fue un acto reflejo. Estaba ahí y lo cogiste sin más.

La hija de su madre le había enviado una foto de las tetas a un desgraciado que a su vez, le devolvía el noble gesto adjuntando una imagen de su erecto miembro ¡Y la muy guarra había conservado la conversación y las imágenes! Y tú, en medio de la nada, maldiciendo tu suerte. Dudando si volver para montarle una escena, o seguir caminando hacia el bosque y correr el riesgo de morir por hipotermia. Había una tercera opción que empezabas a barajar, quizá movido por la congelación testicular. Fingir. Poner cara de tonto y pedirle matrimonio. Al fin y al cabo, era la mujer de tu vida... O no.

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