El búho

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Sara tomaba unas copas con las amigas en el bar de moda como cada viernes. Más de dos horas para verse decente delante del espejo. Wonderbrá para aparentar que la mercancía era sobrante y turgente. Doble capa de maquillaje para enmascarar el tono ceniza e insulso de su piel. Sombra de ojos, lápiz para engrandecer unos pequeños y vivarachos ojos marrones. Perfilador para aumentar el grosor de los labios y darle una apariencia carnosa. Plancha del pelo para alisar el encrespado. Medias reductoras, incómodos tacones. Vestido de tubo asfixiante y sexy. La visita al excusado era un auténtico suplicio; la falda no subía por la cadera. Para desabrocharlo no llegaba a la cremallera, tenía que ir acompañada. Mientras dentro, en el Wc hacía malabares para que el vestido no bajara a los tobillos...

Se maldecía a sí misma por no haberse puesto los vaqueros y las zapatillas. Pero la competencia era cada vez más explosiva y ella salía con un objetivo: Manuel. Manu para los amigos, amor platónico desde hace un año, con ganas de que dejara de serlo y catarlo durante horas de salvaje y apasionado sexo, para Sara.

Viernes, dos de la madrugada. En ese momento entraba Manuel por la puerta del pub. Salía de trabajar a la una y media. Salvo los días que tenía turno de noche y le tocaba conducir el "búho", el autobús nocturno que unía la madrileña plaza de Cibeles con el centro de Getafe. Pueblo de la periferia de Madrid, que Sara conocía bien por las veces que cogía el autobús, camuflada con una gorra y unas enormes gafas para que Manuel no reparara en ella. Se bajaba dos paradas antes del final de trayecto y paseaba por el centro de Getafe mientras Manuel hacía el recorrido completo y volvía hacia Madrid.

Sus amigas se reían de ella por no decirle nada. Pero Sara prefería vivir soñando que sufrir con una posible negativa. Aquella noche el vestido de tubo era el resultado de una importante decisión. Había intentado ser la mejor versión de sí misma. Por fin intentaría hablar con él. Estaba decidida, a pesar de los temblores que sintió cuando le vio aparecer por la puerta. Más guapo que nunca. Sonreía y ella sentía ganas de salir corriendo y agarrarle del cuello como una psicópata. Cogió la copa, le dio un largo trago y caminó hacia él con decisión. Jugó la carta del tropiezo.

—Perdona—dijo él, mirándola fijamente esperando respuesta. Pero ella no fue capaz de articular palabra. Respiró la estela de perfume que había dejado tras de sí.

En otra ocasión, se dijo mientras pensaba el estilismo del viernes siguiente.

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