Karma

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                                                                                                                                               Fotografía: Brendon Burton

Todos me preguntaron por ti. Cómo era posible que en un día tan especial no estuvieras. Por fin me concedían el premio que tanto había merecido, y tú, querido no ibas a arruinarme el momento. Como siempre…

Pequeño patán, parlanchín y borracho. Se te quedaban las gotas de ese vino barato en el bigote canoso y me daba tanto asco.

Era mi fiesta. El Pulitzer, querido. La gloria. La profesión me reconocía mi valía, mi dedicación. Unas horas y sería una viuda elegante. No estabas, nadie te iba a pedir que tocaras una pieza. Toda la vida oyendo las notas de tu puñetero piano. Si algún día me muero me entierras con el piano, me decías. Era perfecto. Tu último deseo cumplido.

Cuando vi a tu hija entrar por la puerta se me paralizó el cuerpo, me quedé muda. Jamás venía, me odiaba a pesar de haberla traído al mundo. Era un sentimiento mutuo, no lo niego. Yo siempre quise un hijo y no supiste hacérmelo, ni eso querido. Ni eso.

Aquellas palabras…

“Lucy, toca el piano de tu padre, déjanos disfrutar de tu talento”

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