El cepo

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— ¡No por favor! No llame a la grúa. Solo he parado dos minutos para coger unos pasteles.
—Ha aparcado en doble fila, impidiendo la correcta circulación del carril.
—Vale, lo admito. No debí dejar el coche ahí. Póngame una multa pero quíteme el cepo. Por favor se lo suplico. Me están esperando y no puedo faltar.
—Pero no puedo pasar por alto la infracción, señorita.
—Lo entiendo. Pagaré la multa pero deje que me marche. Es muy importante.
—No llore. A ver, que es eso tan importante que tiene que hacer.
—Tengo que ir a leer a los abuelos.
—¿Leer a los abuelos?
—Sí. Los jueves voy a la residencia de ancianos y les leo. Les encanta, algunos ya no ven y no pueden leer. Les leo un poco de todo. Los clásicos, alguna novela de moda. Llevo pasteles y hacemos tertulias. Por favor, deje que me vaya.
—Voy a quitar el cepo.
—¿De verdad? ¿Así de fácil?
—Mi madre está en esa residencia. Siempre me dice que el jueves es su día favorito. Una chica dulce y encantadora les lleva pasteles y les lee libros. Y por un rato se olvida de su soledad y del dolor de las articulaciones. Vamos señorita, le escolto hasta la residencia. Le doy las gracias en nombre de mi madre.
—Para mí es un placer el rato que paso con ellos y me cuentan su vida ¿Está llorando?
—No señorita. Se me ha metido algo en el ojo. Perdone el atrevimiento, pero sería para mí un honor poder invitarle a tomar un café algún día.
—Eh, esto...Por supuesto, estaría muy bien. Creo que los conductores se están enfadando.
—¡Es verdad! ¡Qué despiste!

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