El espejo

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                                                                                                                                                       Imagen: Bill Domonkos

Hace unos días, Jane conoció a una extraña mujer. Se cruzó con ella por la calle, y mirándole con intensidad a los ojos, le dijo:
—Puedo ayudarte.
Jane tembló como un papel.
—¿Perdona?—preguntó en un susurro.
—Ese monstruo que te atormenta y te daña se merece un castigo. No volverá a tocarte o a amenazarte. Ven mañana a las cinco.
—Pero...
—Shhh, está decidido. Ven mañana. No tienes que pagarme, lo hago por placer.

Jane no consiguió dormir, preocupada. Observaba al monstruo durmiendo. Dolorida se tocaba la mejilla. Está vez solo había sido un bofetón. Venía cansado.

Al día siguiente, la mujer puntual le dio una caja y un beso. Justo en la mejilla dolorida. El dolor desapareció.
—Abre la caja en casa. Ni una lágrima. Sé feliz.
Terminó de hablar y se marchó, desapareciendo entre la gente.

Al llegar a casa, Jane abrió la caja y dentro encontró un espejo. Al mirarlo se quedó petrificada, sin respiración. Atrapado, el monstruo gritaba, pero no se oían sus gritos. Jane sintió paz. Guardó el espejo en su caja. La caja al fondo del armario del desván. Cerró con llave y se fue a denunciar su desaparición. Caminaba tranquila, saboreando la sensación de libertad...

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