Claudia

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Claudia esperaba cada tarde el regreso de su padre. Vivían en la gran cuidad, aunque en verano se mudaban a la casa de la abuela en el campo. Ella sabía que después de comer, tenía que coger la bicicleta recorrer el camino que pasaba junto a la casa, ir a la carretera y contar hasta veinte. Entonces a lo lejos, dos faros la deslumbraban por el sol. ¡Allí estaba! Con su reluciente coche rojo, su sombrero y el humo del cigarro saliendo por la ventanilla.

— ¡Claudia! ¿Qué aventura has vivido hoy?— Le preguntaba mientras se bajaba del coche y le daba un abrazo.
—¡He visto una rana! Verde y gorda, ¡Papá!

Cada día algo diferente, para Claudia. Para su padre cada día era más de lo mismo. Un trabajo gris, cientos de kilómetros y una mujer que le recibía en casa con cara de asco. La misma que ponía su suegra. Eran tal para cuál. Pero hacía lo que fuera necesario para que su pequeña no se diera cuenta. Soñaba con el día que su hija fuera mayor y pudiera salir de aquel infierno. Su mujer soñaba con lo mismo. Y Claudia soñaba con ser bailarina y vivir con su padre en París...

Ninguno se atrevió a decírselo al otro. Los años les fueron consumiendo hasta que el asco se convirtió en ira y poseída por el despecho, la madre de Claudia descargó el tambor de un revolver en el pecho de su padre, mientras le gritaba que le había arruinado la vida.

Claudia jamás perdonó a su madre que terminó sus días en un centro psiquiátrico. Se mudó con su novio a París dónde consiguió ser bailarina.

No ha podido olvidar, la bicicleta rosa y la sonrisa de su padre...

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