Las hermanas Kerrington

      Imagen: Hellen Van Meene



No es tan extraño que en un embarazo haya tres corazones latiendo, ni siquiera que dos de ellos compartan bolsa y el tercero se desarrolle con su propia bolsa amniótica.
Lo que sí es extraño es que ese embrión que crece solo en el interior de su madre desarrolle una sociopatía al ver como sus hermanos comparten caricias, gestos y compañía.

    Al nacer las tres hermanas Kerrington se convirtieron en la sensación de la pequeña localidad escocesa de Roslin. Tres preciosos bebés que habían situado al pueblo en el mapa. La primera vez que las vi, intuí que algo no iba bien. Uno de los bebés tenía una mirada penetrante que te paralizaba por dentro. Parecía que nadie se daba cuenta, pero según fueron creciendo, aquella niña seguía poniéndome los pelos de punta. La maldad acompañaba cada uno de sus pasos. Pasando de la sociopatía a la psicopatía más cruel. En el jardín aparecían animales mutilados. Escenas de horror y sufrimiento que escapaban a la lógica. Nadie sospechó que aquellas atrocidades eran obra de Sharon, la hermana menor y solitaria.

   Compartí con ellas juegos y alguna clase de música después del colegio. Yo era algo mayor, pero no pude evitar enamorarme profundamente de Evelyn. Ella era la más sensata de las tres. Le gustaba el color rosa y merendar tostadas con miel sentada en la hierba. La primera vez que me rozó la mejilla supe que estaba perdido para siempre. Ya nada volvió a tener sentido ni a importarme. Solo existía Evelyn y su risa. No fue fácil compartirla con Rose. Eran idénticas, pero yo las veía completamente diferentes. Evelyn brillaba con una luz más intensa. Aun así, el amor fue más fuerte y me acostumbré a ser tres. Cuando queríamos perdernos para que los besos fueran nuestro único lenguaje, Rose se retiraba discretamente, dejando que el espacio nos perteneciera. El cabello le olía a lavanda y los labios parecían sacados directamente del panal. No he vuelto a probar nada más dulce. Nada ha conseguido conmoverme de nuevo como el calor que desprendía su piel.

    Hoy escribo su historia para que no caiga en el olvido, que en Roslin tuvimos a las trillizas más famosas de Escocia. Por su nacimiento, pero sobre todo por su martirio. Sharon comprendió que descuartizar gatos abandonados no saciaba sus ganas de sangre. La risa de sus hermanas se le colaba dentro de la cabeza y la llenaba de ira. Rabiaba al verlas sonreír. Siempre juntas, siempre en boca de todos. Las más dulces, las más guapas. Tan iguales y luego estaba ella. El elemento discordante. El fallo en la ecuación. Nada le hizo más feliz en el mundo que verlas con los ojos sin vida. Por fin podría descansar. No contaba con que al morir ambas, Sharon las acompañaría. Pues su madre, testigo de la barbarie no pudo perdonarla. Ella le dio la vida y ella se la quitó.

    Escribo y muero en vida porque sin ella no puedo seguir escribiendo, porque sin ella ya nada importa…

Paula (cuarta parte)



«Tengo cuarenta y cinco años y anoche experimenté el mejor sexo de toda mi vida. Mi vena periodística me obliga a plasmar en un papel mis sensaciones más íntimas. Me gustaría dentro de unos años, leer lo escrito y poder revivirlo.

    Llegué a casa acompañada, subimos al apartamento y no tuve tiempo ni de pensar en lo que iba a suceder. Se abalanzó sobre mí, al tiempo que me besaba me quitó toda la ropa. Tan rápido, que no soy capaz de describir cómo. Me sentó en el sofá y fue deslizando la ropa interior, despacio. Sus manos acariciaron mis muslos suavemente, me abrió las piernas y me obligó a sentarme en el borde, de tal forma que mi sexo quedaba completamente desprotegido y a su merced. Se quedó observando, paladeando el momento. Yo estaba cada vez más caliente, deseaba que hiciera algo, que me tocara, que me poseyera, pero allí seguía impertérrito. Sin moverse, sólo observando con una mirada lasciva. De rodillas, puso su mano en la cara interna de uno de mis muslos y lentamente fue subiendo, hasta acariciar mi sexo húmedo y caliente. No podía más. Mi corazón palpitaba a una velocidad de vértigo, gemía y jadeaba y todavía no me había tocado.

    Se acercó y hundió su cara entre mis muslos. Su lengua se adentró en mí, cálida y juguetona. Apreté los puños contra el cojín mientras recorría todos los rincones de mi sexo hambriento y abandonado. Nunca había experimentado un sexo oral tan salvaje y natural. Ahora que lo escribo y lo recuerdo, me hace sentir tan triste y desolada. En cuarenta y cinco años nadie lo había hecho así. Me dejó completamente extasiada, al tercer orgasmo no podía más. Me levantó del sofá y me flaquearon las piernas de puro placer. Me tumbó en la cama y mientras se quitaba la ropa, mis ojos disfrutaban con cada prenda que se iba quitando. Tenía un torso musculado, de color tostado y brillante. Absorta en esos abdominales marcados no me percaté que se había quedado desnudo, hasta que mis ojos se encontraron con su miembro erecto, suspendido en el aire, la imagen era tan excitante. Me obligó a tumbarme boca abajo, y me acarició la espalda provocando un escalofrío. Me levantó las nalgas y me fue penetrando, mientras se iba adentrando y me iba llenando, se me escapó un grito. Era increíble como ese hombre caribeño movía las caderas. Las palabras se agotan, me sudan las manos en el teclado al recordarlo. Estuvimos toda la noche, encima, debajo, en el suelo, en la pared. Estoy escribiendo y tengo agujetas. ¿Cómo he podido perderme algo así durante tantos años? Mi madre y su absurda obsesión por enseñarme que la mujer debe complacer al hombre, olvidándose de su propio placer. ¡Por dios! ¿Por qué le haría caso? Por qué he desperdiciado mis mejores años...

    Si tuviera la ocasión de dar algún consejo, basado en mi experiencia vital, sería para las mujeres socialmente condicionadas y acomplejadas. Disfrutad, disfrutad del sexo, sin tabúes ni tapujos. Nada sienta tan bien, no hay mejor antidepresivo, experimentad y sentiros únicas. Y, sobre todo, no busquéis el amor. Un hombre puede ser absolutamente tierno y dulce, sin amor de por medio».

    Paula apagó el ordenador, salió a la terraza y se encendió un cigarro. No era tarde, estaba a tiempo de sentirse libre. Y aquel era el lugar perfecto. En Puerto Rico podría sentirse ella misma, quizá no llegara a enamorarse, no importaba. Se sentía bien. Aquella experiencia le había hecho sentirse más mujer. Se sentía guapa, sensual e interesante. Y ya no importaba si los demás lo veían o no. Se gustaba y no había nada mejor. Se puso un vestido cómodo, las chanclas y bajo a la calle. Rosita estaba en la puerta de su negocio.

    —¡Tremendo mulato! —Le dijo al tiempo que se reía—. Qué buena cara tienes, ¡Chica!
    Se rieron, charlaron un rato y continuó su camino por aquel cautivador barrio. Llevaba el pelo suelto y desmelenado. Se miró en un escaparate y contempló una imagen de sí misma desenfadada que jamás había visto. Pasó un hombre y le dijo un piropo. Sonrió y entró en un bar. Desayunó y decidió ir a la oficina. Necesitaba empezar a trabajar y hacer algo productivo.
    Al llegar a su despacho y contemplar el paisaje, se sintió nuevamente llena de vida. Miles de nuevas experiencias la esperaban en aquella ciudad. Nuevos artículos, nuevas aventuras, nuevos hombres.
    Carlos entró a saludarla y se quedó mirándola sin decir nada. A los pocos segundos le dijo:
    —Te veo diferente.
    —Me siento diferente.
    —¿Preparada para trabajar?
    —Lista.
    —Perfecto. Tenemos que cubrir un asunto político. Estamos en campaña electoral. Por el camino te pongo al tanto de todo.

    Salieron de la oficina, y Paula notaba como Carlos la miraba disimuladamente. Se sentía radiante. Montó en el coche, sacó su libreta y fue tomando nota de todo. Los diferentes partidos políticos, las diferentes ideologías, la influencia norteamericana, hasta en el edificio, sede del poder legislativo puertorriqueño. El Capitolio. Estaba realmente feliz, por haber tomado la decisión de marcharse, por tener la oportunidad de vivir una nueva vida. Aparcaron y Carlos le entregó su pase de prensa. Una vez dentro de la rueda de prensa, comprobó que le costaba seguir el hilo. El acento tan marcado y las expresiones tan diferentes, conseguían que se perdiera la mayor parte del discurso. Carlos se dio cuenta al ver su cara y le susurró:
    —Te acostumbrarás...

    Paula sonrió pensó:

    «Claro que sí, me acostumbraré a la forma de hablar, a la forma de vivir y sobre todo a la forma de amar de Puerto Rico, me acostumbraré a vivir sin condicionamientos, a ser yo misma y a quererme como nadie...».


FIN


Paula (tercera parte)



Al llegar a la puerta de la peluquería, la dueña al verla le dijo:
    —¿Un mal día, chica?
    —Uno como los demás, así los tengo últimamente.
    —Bueno, todo es cuestión de actitud, mañana será un nuevo día, no pierdas la esperanza. —Le ofreció un cigarro y le dijo que se llamaba Rosita. También le dijo que se alegraba de tenerla de vecina, que el anterior inquilino era un sieso. Que los sábados por la noche quedaba con un grupo de amigas y se iban a bailar plena y que este sábado estaba invitada y no aceptaría un no.
Paula se terminó el cigarro y se despidió. Se sintió agradecida de tener un plan para salir, aunque lo de bailar plena le había dejado un poco intrigada. No había comprado comida, pero tampoco tenía hambre, se fue a dormir con una sensación extraña. Mezcla de tristeza y expectación. ¿Qué tenía guardado para ella el destino? ¿Llegaría a sentirse como en casa en aquella tierra lejana? En eso ocupaba su mente, intentando encontrar una postura en aquel martirio de colchón, maldiciendo por no haber priorizado su comodidad a su romanticismo absurdo. «Pero es que era tan guapo» y soñó que entraba en la librería, él la miraba y se enamoraba perdidamente de ella. Dejaba a la gente tirada en medio de la firma de libros y se la llevaba de la mano, mientras le decía lo hermosa y maravillosa que era. En medio de la noche se despertó sobresaltada. «¡Por dios! ¡Tengo cuarenta y cinco años! Ya basta de príncipes azules». Salió a la terraza y contempló El Viejo San Juan de noche. Todavía no era consciente de ello, pero la ciudad acababa de enamorarla para siempre. Le llegó el aroma salado del mar envuelto en una suave brisa que movió su pelo y se sintió en calma. «Se acabó la novela rosa».

    Estuvo un buen rato contemplando las estrellas y la ciudad, cuando el sueño se apoderó de ella se volvió a la cama. Se despertó con el sonido del timbre. El sol entraba por las rendijas de las contraventanas. Escuchó desde la calle: ¡Señora! ¡Sus muebles! «¡Por fin!». Una vez colocado todo; las cortinas, algunos cuadros y un par de macetas. La casa parecía un hogar y no un nido de ratas. Decidió acercarse a la redacción y conocer su nuevo lugar de trabajo. Estaba nerviosa.

    Caminaba por las calles de El Viejo San Juan, el barrio empezaba a despertarse. Las puertas de las tiendas comenzaban a abrirse y por cada esquina se encontraba gente que le dedicaba una sonrisa. El sol iluminaba las casas de colores y se creaba un espectáculo mágico. Llevaba muy poco tiempo allí pero ya se sentía a gusto. Comenzaba a sentirse en casa.

    Paula había estado documentándose. La redacción se encontraba en el distrito financiero del municipio de San Juan. Hato Rey. Hato significa granja de ganado, la granja de ganado del rey. También conocida como «la Milla de oro» emplazamiento de los grandes bancos de Puerto Rico, lugar de referencia de la economía del Caribe y hogar de la clase alta de la ciudad.
En una de sus grandes avenidas, la avenida Roosevelt, podías encontrar las mejores boutiques y restaurantes. En eso divagaba, mientras iba en la guagua, atestada de madrugadores trabajadores. «Tengo que informarme para convalidar la licencia de conducir»

    Con el móvil en la mano en modo de navegador logró llegar a la puerta del edificio. Era un rascacielos enorme. Se puso seria, talante de mujer segura, profesional y entró. Pasado el control de seguridad, subió en el ascensor y entró a la redacción. Una recepcionista muy amable le dijo que esperara. A los pocos minutos salió un hombre. Vestido de traje impecable le dedicó una amplia sonrisa.
    —¡Vaya! No te esperábamos hasta la semana que viene —dijo con un marcado acento de la isla— Me llamo Carlos.
    —Paula, encantada. He querido conocer la oficina antes de ponerme a trabajar.
    —Pasa, te la enseño. Aunque aquí estarás poco. Es en la calle donde suceden las noticias. Te enseñare tu despacho. —Paula le seguía mientras observaba a su alrededor. La gente trabajaba, sonreía, el ambiente contagiaba. No había caras largas o corbatas demasiado apretadas.
    Carlos, continuaba caminando. A todos los efectos sería su jefe en Puerto Rico, aunque ella dependía directamente de la delegación española. Tendría más o menos la misma edad que ella, pero parecía más joven. Era atractivo. O tal vez, su atractivo residía en su simpatía. Observaba las vistas de su despacho cuando sonó un teléfono. Carlos contestó con gesto serio.
    —Ha habido una balacera en Barrio Obrero. He de irme.
    —¿Un tiroteo? Y ¿no mandas a un redactor?
    —Este es el trabajo que me mueve. ¿Te gustaría acompañarme?
    —Me encantaría.

    Por el camino, Carlos le contó que era algo muy habitual en San Juan. Tenían un alto porcentaje de criminalidad. Drogas, bandas. Había ciertos barrios muy conflictivos.
Era la propia policía quien avisaba a los medios. Carlos tenía un contacto que le llamaba si el caso era importante y eso le hacía llegar de los primeros a la escena del crimen, por eso era importante que fuera él y no delegaba el trabajo.

    Al llegar la escena estremeció a Paula. Había siete cuerpos en el suelo. Llegaron al cordón policial y enseñaron el pase de prensa. Uno de los inspectores saludó a Carlos y le contó lo que habían averiguado. Por lo que pudieron saber, era un ajuste de cuentas por un asesinato previo, pero les estaban esperando, así que se convirtió en una masacre. Paula no podía dejar de pensar que eran muy jóvenes. De edades entre dieciséis y veinticinco años. Qué manera más absurda de morir. Se fijó en uno de ellos, tenía los ojos abiertos y una expresión de pánico. Había fallecido muerto de miedo, aquello pudo con ella, tuvo que retirarse fuera de la cinta. Las lágrimas rodaban por su cara.

    —No te preocupes. Lamentablemente uno se acaba acostumbrando —dijo Carlos mientras le ofrecía un cigarro—. Ya tengo lo necesario para escribir el artículo, vamos, te invito a un café. Voy a enseñarte algo más liviano de San Juan.

    Llegaron a El Viejo San Juan. Aparcaron frente un local que se llamaba «El patio de Sam», era una mezcla de restaurante y bar de copas. Tenía un patio interior lleno de mesas, una pareja bailaba salsa al fondo del local. El ambiente era distendido. Carlos pidió dos cafés y se sentaron.
    —Cuéntame de ti.
    —Hay muy poco que contar —afirmó Paula.
    —¿Qué le ha parecido a tú familia que te vinieras para acá?
    —No tengo familia.
    —¡Vaya! Mujer solitaria. ¿No tienes un marido por ahí?
    —Soy una solterona adicta al trabajo. Por no tener no tengo ni gato.
    —Aquí no te faltaran los pretendientes.
    —No es lo que vengo buscando.
    —A nadie le amarga un dulce.
    —Y tú. ¿Tienes mujer e hijos? —preguntó Paula para desviar el tema.
    —Dos hijos adolescentes y una exmujer disgustada. No aguantó mis horarios.

    Sacó una tableta, escribió el artículo, envió dos fotos y siguieron charlando. Era increíble verle trabajar. Esa pasión atrapaba. Después del café, dieron paso a las copas. No podía explicarlo, pero cada vez le veía más y más atractivo.

    —Párate. ¿Alguna vez has bailado salsa con un salsero?
    —No soy mucho de bailar, la verdad.
    —¡Por dios, mujer! ¡Suéltate un poco!
    La cogió de la mano y se la llevó a la zona de baile.
    —Déjate llevar —le susurró en el oído. Paula sintió un escalofrío por el espinazo. Carlos empezó a mover la cadera y a juntar su cuerpo contra el suyo. Hacía tanto que no se rozaba un cuerpo masculino, que tuvo la sensación de tener un orgasmo allí mismo. Sentía calor y ardor en sitios olvidados. Él la cogía de la cintura y la miraba a los ojos y ella sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. Así estuvieron un rato. Carlos acompañó a Paula a casa. Iba nerviosa, hacía tanto tiempo que no intimaba con un hombre. Al llegar a la puerta, Carlos le dijo:
    —Lo he pasado genial. Nos vemos el lunes compañera. —Y se largó.
    Y allí se quedó ella, con cara de imbécil. Hubiera jurado que ese baile significaba que algo más iba a pasar. Subió a casa avergonzada, un poco bebida y con un calentón importante.

    Al día siguiente, decidió ir a la playa. Por la noche había quedado con Rosita y sus amigas para ir a bailar plena. Sentada en la arena, contemplando el mar, pensaba que las cosas no estaban sucediendo como ella las había imaginado. Su maldita manía de imaginarse la protagonista de una novela romántica. ¿Tan difícil era? Quería enamorarse, quería sentir la sensación de ser amada. Y lo quería con tantas fuerzas que no llegaba. Carlos le había gustado, así que se propuso conquistarle. Pensó en todos los consejos que le había dado su madre y decidió tirarlos a su «papelera de reciclaje» mental. Intentaría ser ella misma, pero más relajada. Empezaría por ser su amiga. Le había parecido un hombre interesante, digno de al menos tenerle como amigo y mentor. Sólo con ese pensamiento, consiguió relajarse y disfrutar del paraíso que tenía ante sus ojos.

    Por la noche se arregló y bajó a la puerta de la peluquería. Allí estaba Rosita con sus amigas. Vestidas con largas faldas de vivos colores, con volantes y flores en el pelo. Desprendían alegría.
Fueron caminando a un local en el barrio. Paula estaba disfrutando. El local tenía una pista grande de baile y un escenario. Había un grupo de músicos tocando en directo. Las mujeres se fueron a la pista, un grupo de hombres vestidos igual, con sombrero se fue hacia ellas. Hechas las parejas empezó a sonar la música y ellas empezaron a mover sus volantes. A dar giros. El ritmo era rápido, los pies se movían solos. El ambiente contagiaba de júbilo y celebración. Paula bailaba en un rincón, disfrutando del espectáculo, cuando se le acercó un hombre, la cogió de la mano y la llevó a bailar. Sonreía y le mostraba los pasos. Consiguió entregarse al baile por completo y soltarse. Abandonar su pose de mujer estirada y simplemente ser ella. Con sus defectos y virtudes. Empezaba a gustarle su nuevo yo. Terminó la canción y su pareja de baile, insistió en invitarle a un trago. «¿Por qué no? Menos pensar Paulita y más vivir, has tenido que alejarte tropecientos mil kilómetros de tu vida, para darte cuenta que era una basura. Se acabó. ¡Hoy empiezo a vivir!» Y se fue a beber con su nuevo amigo. Bailó, bebió, se rio con las chicas. Cuando llegaba la hora de irse, el compañero de baile se ofreció a acompañarla a casa. Ella no podía dejar de mirar sus brazos tornados del color del chocolate. Su preciosa sonrisa. Y sus fuertes manos.
    —Pero sólo si me dejas invitarte a la última en casa —dijo sonriendo y medio borracha.
    —Yo me dejo a lo que se te antoje, morena.

    Bebió el último trago, se despidió de sus nuevas amigas y caminó hasta la puerta del local, con la cabeza en alto y semblante de triunfo. «Tú te sueltas a lo grande...».



Paula (segunda parte)



El viaje se le hizo eterno. La facturación del equipaje, la espera, las mil horas de vuelo...
Aterrizó en el aeropuerto Luis Muñoz Marin, con sensación de entumecimiento completo. Desde la punta de los pies hasta las neuronas. Con acento caribeño, la azafata les informaba muy amablemente que habían llegado. Al levantarse poco a poco las articulaciones fueron respondiendo. Les esperaba un autobús para acercarles a la terminal. Cuando salió a la escalera para bajar del avión, la temperatura la abofeteó sin piedad. El calor era húmedo, pegajoso y se metía por los poros.
Se montó en el autobús rodeada de parejas luciendo sonrisas y muestras de cariño. No podía verse, pero sabía que ella lucía su cara de amargura de siempre.

    No sabía si era real o no, pero daba la impresión de que todo el mundo sonreía y cuanto más la sonreían, más amargura sentía. Se sentó en el asiento trasero de un taxi, sólo podía pensar en una ducha larga y relajante. Le dio la dirección al taxista y hundió la espalda en el respaldo. El paisaje estaba lleno de contrastes, casas nuevas y modernas mezcladas con edificios desvencijados. La intriga se apoderaba de ella. ¿Cómo sería la vivienda? Estaba acostumbrada a ciertas comodidades. En eso pensaba cuando el coche paró en un semáforo y pudo observar en la acera una escena que la conmovió. Un hombre hablaba con un grupo de niños, estos le rodeaban y reían. Era alto y moreno. Tenía la sonrisa más bonita que había visto jamás. El coche arrancó y durante un segundo pensó gritar: «¡Pare! ¡Me bajo aquí!», pero nunca había sido una persona impulsiva. La imagen de aquel hombre se grabó en su cabeza. ¿Cómo podría encontrarlo?

    El taxi paró delante de un edificio de dos plantas. La fachada estaba pintada de color azul eléctrico. Por la zona del tejado la pintura empezaba a desconcharse. El taxista le dijo que tenía mucha suerte, que estaban en uno de los barrios más tranquilos y turísticos de Puerto Rico: El Viejo San Juan. Aquello tranquilizó a Paula. Siempre tan pesimista, se había imaginado la típica casa semiderruida, en un barrio peligroso, estilo Detroit. En la parte de abajo del edificio había un local. Una peluquería con un cartel grande que rezaba: Hair studio. La mezcla de español e inglés era algo habitual. Una señora grande con gafas de pasta de color rosa le gritaba a otra mujer:
    —¡Apúrate chica!
    La chiquilla corría de un lado para otro, cepillo de barrer en mano, mientras un grupo de señoras se reían.

    Paula, levantó la vista. La casa tenía un balcón de madera con dos puertas grandes. Era la típica casa que salía en las fotos de Puerto Rico. Subió por una escalera estrecha y abrió la puerta. Segunda vez que se tranquilizó, la llave funcionaba. También había imaginado que en la casa habría unos okupas y que tendría que ir a un hotel. Olía a cerrado. Abrió las contraventanas de madera y una nube de polvo inundó la estancia. La decoración dejaba mucho que desear. Una mesa camilla, dos sillas, un sofá mugriento, un espejo en la pared. En la habitación; una cama y una mesita de noche, poco más. Buscó el cuadro de luz y anotó mentalmente, mañana por la mañana comprar muebles.

    Se sentó en una de las sillas, apoyó la cabeza entre los brazos y pensó: «¿Qué has hecho, loca?» Se sintió más sola que nunca. Además, el jet lag la tenía con mal cuerpo. Se tumbó en la cama. Cada vez que intentaba ponerse en una postura cómoda, la cama chirriaba. Olía a moho. Menuda noche la esperaba.

    Por la mañana despertó con el cuerpo y la cabeza doloridos. Había dormido a ratos, vencida por el cansancio. Necesitaba una cama nueva. Se levantó, se metió en la ducha y aunque salía poca agua, pudo disfrutar de una ducha agradable. Se miró en el espejo del baño y se dio ánimos: «Vamos Paula, ¡arriba! Peor que estabas en España no vas a estar» Salió a la calle con decisión. Entró en la peluquería y le preguntó a la señora donde podía comprar muebles. Muy amablemente le hizo el interrogatorio pertinente y le indicó donde había unos grandes almacenes, herencia norteamericana, donde podía comprar de todo. Le indicó el número de guagua (autobús) que tenía que coger y se despidieron. Había podido constatar en tan poco tiempo, que los portorriqueños eran gente amable y dispuesta a ayudar.

    Comprados los muebles, sencillos, cómodos y sobre todo disponibles en el almacén, le dijeron que se los llevarían por la tarde. Así que aprovechó para conocer el barrio.
El Viejo San Juan era un barrio colonial de estilo español declarado Patrimonio de la Humanidad, los boricuas cuidaban de él con mimo.

    Andando por una de las estrechas calles, de adoquines y edificios de colores encontró un bar con mucho encanto y se sentó en la terraza a tomar un café. Con la mirada perdida observaba a su alrededor hasta que en una de las cristaleras del bar vio varios carteles, uno de ellos llamó su atención. Se acercó para verlo y se le pusieron los pelos de punta. ¡Allí estaba! Su desconocido. Robert Shawn. Escritor y aventurero, se leía en el cartel. Firmaría su nuevo libro en una librería en El Viejo San Juan esa misma tarde. No podía creer en su suerte. ¡Volvería a verlo! Su inglés era bastante lamentable pero suficiente para hacerse entender. Como todo buen español que hubiera estudiado el idioma, mucha gramática y cero conversación. Pero haría lo que fuera por conocerle, llamó a la tienda de muebles y quedó con ellos a la mañana siguiente. Sacrificaría otra noche en aquella cama por conocer a ese hombre. Anotó la dirección de la librería y le preguntó al camarero donde estaba la calle. Le hicieron un pequeño mapa en una servilleta y se fue para allá, tenía la esperanza de verle llegar o encontrárselo por la zona. Sentía una emoción absurda. En su cabeza se iban formando escenas de cómo sería su encuentro romántico. Influenciada por su madre, había consumido demasiada novela rosa y eso le producía, en cuestión de hombres, adornar tanto la realidad que ningún encuentro llegaba a satisfacerla del todo. Ningún hombre cumplía sus expectativas.

    El trabajo en Puerto Rico consistía en cubrir las noticias locales para un periódico de tirada nacional, propiedad de la productora para la que trabajaba en España. A su vez, tendría que hacer de corresponsal si era necesario. Le habían concedido unos días para establecerse antes de ir a la redacción. Así que aprovecharía para hacer turismo e ir a la playa. Siempre había querido vivir cerca del mar, pero jamás imagino que terminaría viviendo en El Caribe.

    Llegó a la librería. Un cartel grande anunciaba el evento. Faltaba una hora, así que se metió en el bar de enfrente para comer algo y esperar. Escogió una mesa en el escaparate para no perderse nada. Observaba cada persona que pasaba por la acera, esperando ver a su futuro marido. Después de media hora, aburrida y harta de esperar, llegó un grupo de personas a la puerta del local. ¡Allí estaba! Su hombre, alto, moreno y guapo, de la mano de una mujer alta, morena y despampanante. «¡No!» «¡¿Por qué?!». La decepción se apoderó de ella. Ese simple gesto descartaba a hermanas, primas o amigas. Debía ser su mujer. No había contado con ese elemento en su romántica historia. Abatida, se levantó y fue hacía la puerta. Se puso las gafas de sol y caminó sin rumbo. ¿Tan difícil era ser la protagonista de una bonita historia de amor? Llamó de nuevo a la tienda para que le trajeran los muebles por la tarde, pero el chico le dijo muy cortésmente que no tenían transportistas libres. «Genial, sin mi hombre y teniendo que dormir otra noche en esa mierda de cama».

(Siguiente parte)