El castillo

                                                                        Imagen: Jim Kanzanjian


No era un príncipe aunque vivía en un castillo. No era industrial, aunque el castillo pareciera una fábrica. Era un curioso personaje, algo oscuro para nuestros tiempos. Siempre inventando artilugios. Cacharros imposibles para facilitar la vida a los demás.

Como el colchón con brazos para los solitarios que anhelaban abrazos, la oreja gigante que escuchaba sin rechistar o la mano voladora que palmeaba inseguros hombros.

Cada día viajaban cientos de personas buscando su ayuda, pero el precio a pagar era tan alto que solo unos pocos contrataban sus servicios.

Acudí a verle hace algunos años, me observaba con unos ojillos interrogantes mientras escribía anotaciones en una pequeña libreta.

—Quiero un borrador de malos recuerdos—solicité afligida.
Tras un rato de espera, el inventor dijo:
—Puedo hacerlo, pero tendrás que pagar con un sentimiento.
—¿Con cuál? —pregunté extrañada.
—Tendrás que pagarme con tu capacidad de amar. La perderás y no volverás a sentir ese sentimiento.

Dudé. Dejaría de sufrir, pero ¿a qué precio? Entonces comprendí. En ambos casos obtendría el esperado resultado. Agradecida, nos dimos la mano. Salí de allí corriendo cargada con mis malos recuerdos y la certeza absoluta de que con amor conseguiría borrarlos.

La barca

                                                                                   Imagen: Quint Buchholz

Camino hacia el faro descubrí algo inquietante. En uno de los pisos de enfrente había una barca suspendida en el aire. Escena difícil de creer si no fuera por el dolor que me produjo el pellizco en el brazo como prueba de mi yo consciente.

El faro me esperaba, pero era incapaz de seguir sin descubrir el misterio. Me acerqué sigilosa hasta la puerta del edificio. Empujé sin mucha esperanza y la puerta cedió. Una vez dentro del portal calculé, debía ser el segundo piso, la puerta de la derecha.

Desde el pasillo se observaba la entrada al piso con la puerta entornada y un haz de luz que se proyectaba en la pared. Todo estaba resultando tan fácil que empezaba a preocuparme.
Me deslicé tratando de ocultar mi sombra. Desde el interior una voz consiguió paralizarme.
—Pasa, Rose. Te estaba esperando.
Entré temblando. Quizá lo prudente hubiera sido correr, pero la prudencia no revela misterios.
Dentro esperaba junto a un maletín, un hombre con sombrero. Llevaba el abrigo puesto y un paraguas.
—¿Quién eres?—pregunté.
—Todo a su debido tiempo. Vas ligera de equipaje, por lo que veo—contestó contrariado.
—¿Equipaje?
—No importa, hallarás lo que necesites en nuestro destino. Vamos, se está haciendo tarde—dijo mientras cogía el maletín y abría la ventana—al menos llevas chubasquero, el viaje no será seco.

Se subió a la barca y me ofreció la mano.
—¿Cuánto tiempo llevas caminando cada noche hasta el faro?—preguntó.
Recordaba el día exacto que empecé a ir cada noche para hablar con ella.
—Un año y tres meses—respondí abatida.
—La barca ha estado en el mismo lugar desde entonces, esperando a que estuvieras preparada para verla. Hoy es el día, sube.

Subí sin pensarlo, deseaba saber dónde me llevaría. Soltó el amarre y la barca comenzó a moverse, surcamos el cielo entre las nubes. Comenzó a llover y el hombre me cubrió con su paraguas. Después de un rato, llegamos a la orilla de una playa. Miré incrédula, la barca ya no flotaba en el aire, habíamos navegado por un extraño mar de color violeta. El sol lucia imponente en lo alto del cielo. En la orilla había niños jugando. Reían y me saludaban.
—Ve, vendré a buscarte cuando sea el momento.
Salté de la barca y me despedí del hombre. Estaba extrañamente tranquila. Al verla creí desmayarme. Corrí a su encuentro, las lágrimas resbalaban por las mejillas.
—¡Sam! ¡Estás viva!—Samantha lloraba también.
—¡Rose!
Nos abrazamos, olía a jazmín y a casa. En sus brazos me sentí yo de nuevo.
—Te he echado tanto de menos que pensé que la tristeza me mataría. ¿Por qué Sam? ¿Qué pasó? ¿Qué hacías allí aquella noche? Tantas preguntas, no supe qué responder. Todos creyeron que te habías lanzado al mar.
—Menos tú—dijo Sam mirándome fijamente a los ojos.
—Si hubieras estado mal, yo lo hubiera sabido.
—Así es. No salté, me empujó alguien. Debes averiguar quién. Las pistas están allí. Busca mi diario, Rose. No puedo decirte quién fue o quedará impune. Busca, Rose. Ya he roto demasiadas reglas. Vuelve y descubre la verdad.
—No, Sam. No quiero irme. Sin ti no quiero seguir viviendo.
—Siempre estaré contigo, tienes que volver. Vivir tu vida. Serás feliz, te lo prometo. Vuelve querida amiga.

La barca apareció en ese momento. Miré a Sam, sonreía mientras me decía: «te quiero».
Subí a la barca sabiendo que no tenía otra opción. Surcamos el mar violeta que se convirtió en cielo. Llegamos al piso y corrí al faro. Tantas veces que había ido sin ver. Porque hay cosas que vemos cuando estamos preparadas para verlas. En la barandilla del faro, había prendido un trozo de tela. Era pequeño, pero nada más verlo reconocí el escudo del equipo de fútbol local. Supe de golpe quién había estado con Sam en el faro esa noche. «Te tengo» pensé. Fotografié la tela, la guardé con cuidado y corrí a casa de Sam. Tan solo debía encontrar el diario donde habría apuntado la cita. Sabía dónde lo escondía mi amiga. Por fin, se sabría la verdad y se haría justicia.

Así fue. El culpable duerme entre rejas y desde entonces, una vez al mes la barca me espera...

Una historia de amor

Imagen: Quint Buchholz.


Fue curiosa nuestra historia de amor. Yo caminaba por el parque buscando flores moradas. Debían ser de ese color, pues es el único que me mantiene en calma. Las buscaba siempre que tenía que ir a cualquier sitio caminando, es por eso que nunca miraba los rostros de las personas que se cruzaban conmigo. Solo les miraba los pies y su forma de caminar.

Unos llevaban zapatos serios y caminares rápidos. Andares de personas que no se paran a mirar, ni a oler, ni a escuchar. 

Otros llevaban zapatillas para correr. Algunos de esos cultivaban tanto los músculos que se olvidaban del más importante. Y no eran capaces de mirar a los demás más allá de su masa muscular.

Otros llevaban zapatos con flores, andaban dando saltitos, se paraban, jugaban conmigo. Me ayudaban a buscar mis flores moradas. Esos, sin duda eran los niños. Los únicos capaces de mirar, oler y escuchar de verdad.

Un día apareciste tú, llevabas zapatos largos de payaso. Te acercaste y me diste una flor morada. Llevabas tiempo observando, siguiendo en la distancia. 

Es curiosa nuestra historia de amor donde hemos construido una casa sin tejado para ver las estrellas y nos perdemos en un mundo que solo nosotros entendemos. 

Yo hablo mucho, tú callas. Me miras, me sonríes y siento lo mismo que con las flores moradas.

Amor contractual



Seguramente no se trate de la mejor declaración de amor de la Historia, tampoco lo pretendo. Ni siquiera se puede tomar por una misiva interesante, o un alegato emocionante que deje sin aliento a los ávidos ojos que den con estas letras y sientan cierta curiosidad mientras se van adentrando en ellas. Dejándose engatusar por baratos trucos de escritor venido a menos. Me temo que tampoco voy a emocionar a los aquí presentes.

Querida mía, traté de obsequiarte con los mejores años de mi vida. Años en los que la emoción llenaba mis días y las ganas de comerme el mundo lo llenaba todo. Traté de darte aquello que tanto anhelabas y que no pude darte. Ese fue el principio de nuestro fin. De nuestro intento fallido de convertirnos en familia. Aún así permaneciste a mi lado, soportando mi frustración y tu tristeza, cargando con ellas en silencio. Ni un mal gesto, ningún reproche. Te los llevaste contigo para siempre y me consta que debías tener cientos, quizá miles.

Soportaste mis nocturnas salidas, mis ebrias llegadas y otras tantas tropelías que no soy capaz de confesar y menos transcribir. Tropelías de una época donde todo estaba permitido bajo el yugo que otorgaba el sello marital.

Hoy, cuando las canas han tintado todos mis cabellos y la vergüenza ha teñido mi conciencia es cuando me atrevo a pedirte perdón. Tarde Julia, como todo lo que he hecho en la vida que ha merecido la pena. Tarde querida, cuando ya ni tiene sentido, ni exime condena.

Suena a disculpa egoísta por las circunstancias que nos rodean. Probablemente es un lo siento oportunista, pues esta declaración de amor, pública y absurda es en realidad el discurso que he escrito para tu funeral. En el cual tus primas se estarán acordando de todos mis muertos.

Julia cariño mío, lo siento muchísimo. Debí ser mejor marido. Ahora que tú abres camino allá donde sea que vamos cuando dejamos este infame mundo, necesito de tu perdón. Pues sospecho que en breve seguiré tus pasos y tengo la ligera impresión de que si no me perdonas iré directo algún sitio donde me pudriré solo, sin los amados pucheros que me hacías los domingos.

Descansa querida, que en breve volverán tus adoradas tareas que por mí hacías. Puede sonar presuntuoso, pero cuento con ese perdón que siempre me concedías...

Avaricia

                                                                                          weheartit.com

Para todos eran unos simples ojos. Una mirada corriente en un mundo lleno de gente corriente. A simple vista no tenían nada especial. No miraban de forma diferente, ni tenían un color extraordinario. Su peculiaridad residía en el fondo y no en la forma. En la profundidad. En los ojos de los que la mirábamos.

Si tenías el honor de intercambiar unas palabras con ella y la conversación le resultaba interesante, te miraba fijamente, esperando tu reacción. Pues eran pocos candidatos para tal acontecimiento y de las personas elegidas, menos aún descubrían lo que ocultaban sus preciosos e hipnotizantes ojos.

Una vez, tan solo me bastó una vez para mirarla. La pupila se abrió y aparecieron una sucesión de imágenes maravillosas que me llevaron a la época más feliz de mi infancia. Donde mi madre era capaz de reparar todos los males del universo, los días eran eternos mientras buscábamos mirlos por el bosque.

Cuando volví a mirarla quise poseerla, quedarme para siempre con su don. Ser el único capaz de disfrutarlo. Mi avaricia la asustó, pues salió corriendo y no he vuelto a verla.

Cada noche me asaltan sus ojos en sueños, para recordarme que no puedo tenerlos.
Ni a ellos, ni a esa dulce chica que con su mirada me conquistó.

Cambio de planes

                                                                                         weheartit.com

Te lo dije... Te lo dije, bastardo. Era sencillo. Jamás intentarías cambiarme, ni tratarías de salvarme. Ni me hablarías de hijos, ni casitas de ensueño.

Te lo advertí, yo no era de esas. No buscaba un príncipe azul. Ni una media fruta redonda y de color naranja. No quería escuchar tus manidas promesas de amor.

Qué podía haber dentro de tu cerebro para pensar que mis exigencias eran absurdos y pasajeros caprichos femeninos y que al ser "la elegida" me abandonaría, me daría de lado y cedería a tus increíbles encantos.

Borrego engreído. No quisiste creerlo. Tu corta mente no era capaz de asumir que una mujer es una persona completa en sí misma y no necesita. Quiere y elige. Comparte, decide.

Que un no, siempre es un no. Bastardo inerte.

Jugaste conociendo las reglas del juego.

Ahora me toca cambiar los planes, cancelar la clase de yoga y la manicura para deshacerme de tu magnífico cuerpo. Una pena, querido.

Memoria

                                                                                   Imagen: Florian Imgrund

Tan solo se trataba de una exposición. Uno de los fotógrafos de moda exponía su obra en una galería de arte del centro. La invitación era preciosa y la dedicatoria aún más.

«No me conoces, a pesar de ser el aire que respiro. Búscame en las fotos, sabrás quien soy. Llámame por mi nombre y seremos uno de nuevo»

No comprendía nada, no conocía al fotógrafo y menos al autor de la invitación. Cuanto más leía la dedicatoria, más convencida estaba de que debía ir. Inexplicablemente los trazos de las palabras me eran tan conocidos, tan familiares que con solo verlos me hacían sentir en casa. Algo pasaba, pero no era capaz de encontrar la respuesta.

El día de la exposición fui sola, el cielo vestía de gris y la acera recibía las primeras hojas del otoño. Caminé despacio, observando cada obra. Ninguna me producía la reacción esperada. Fotos en blanco y negro, bonitas, algunas menos.

Hasta que llegué a ti, y tus ojos se me clavaron como punzones en el pecho. Y tu boca se movía en mi mente y gritaba: «resiste cariño, te quiero» Y corrías, corrías desesperado a mi encuentro. Recordé, recordé de golpe el atropello. La cabeza, el dolor, el silencio.

«Arthur» susurré, acaricié tu rostro y lloré. Lloré por las veces que lo había visto en el hospital, en la calle. En el supermercado, en la puerta de la clínica. En la acera de enfrente de la casa de mi hermana donde ahora vivo. Y no me acordé de ti. Mi mente te borró y el corazón no fue suficiente. No pudo devolverte.

«Estoy aquí, cariño. Como siempre. Esperando a tu corazón, a que fuera más fuerte. Date la vuelta, amor»