Los planes de Carol - 11




Manu despertó aquella mañana con una sonrisa invadiendo toda su cara. Tenía el olor de Carol impregnado en la piel. Aquella morena bajita y de carácter extraño le había entrado bien adentro. No dejaba de pensar en ella, su pelo ondulado escondido en una coleta, queriendo pasar desapercibida. Toda ella trataba de esconderse, pero él se sentía agradecido por haber sabido verla y no pensaba dejarla escapar. Abrió los ojos para darle un beso, pero no estaba en la cama. Se levantó, la buscó por toda la villa y nada. Fue a coger el móvil cuando la vio por la ventana. Carol estaba de pie en la orilla, en ropa interior. Salió en su busca.

      —Me sorprendes, morena. No te tenía por una mujer de esas intrépidas que se bañan en bragas—dijo mientras se acercaba a ella.
      —Yo tampoco, pero este viaje está consiguiendo que haga cosas que nunca pensé que haría.
      —¿Cómo por ejemplo? —preguntó Manu con malicia.
      —Retozar contigo dentro del mar antes de que venga algún turista curioso.
      —¡Hecho! —contestó Manu cogiéndola por la cintura para entrar al agua.

      El agua salada golpeaba sus cuerpos, ella rodeaba la cintura de Manu con las piernas. Justo en el momento en el que iban a quitarse la poca ropa que llevaban vieron aparecer en la playa un grupo de personas. Salieron del agua y corrieron hacia la villa entre risas. Entraron en la habitación para terminar lo que habían empezado dentro del agua. El sexo entre ellos había cogido ese punto de confianza, de compenetración. Carol estaba enganchada a la sensación de tenerle dentro mientras él jadeaba y susurraba su nombre.
      Cuando terminaron exhaustos ambos, Manu dijo:
      —Deberíamos volver, hoy es el último día que voy a estar con Chloé y le prometí pasarlo con ella. Podíamos hacer algo todos juntos.
      —No me importa pasar tiempo con tu hija, pero la amazona de tu exmujer me hace sentir un duende feo y verde.
      Manu lanzó una carcajada.
      —Estás muy boba. No tienes nada que envidiarle.
      —Claro que no. ¡Bah! Ni la altura, ni el cuerpazo, ni ese color de ojos de extraterrestre. El pelazo de anuncio, ni esa forma de hablar tan cuqui. Nada de nada.
      —Sé cómo es y la atención que llama. Y también conozco su lado psicópata, egoísta y cruel. Puedes estar bien tranquila, tú tienes algo que ella no tendrá jamás.
      —Sí, se llama celulitis —contestó Carol.
Manú volvió a carcajearse.
      —No, es ese sentido del humor que me vuelve loco.
      —Está bien. ¿Qué plan has pensado? Porque no pienso volver a ponerme un traje de neopreno, que te quede claro —confesó ella.
      —Podíamos ir los cinco a pasar el día a Cádiz. Ir de compras, comer por allí. A media tarde tengo que acercarlas al aeropuerto a Jerez, está cerca. Y después los días serán nuestros. Quiero llevarte a navegar y a cenar a Vejer de la Frontera.
      —Y a Zahara de los Atunes, que no se te olvide.
      —No, no se me olvida. Nada de lo que estamos viviendo se me podría olvidar.
      —Mira que eres romántico —se burló Carol.

      Volvieron a casa y a pesar de que las circunstancias hacían prever todo lo contrario, Francine y Chloé los recibieron sonrientes. Tanto que sospecharon que algo tramaban. Manu les contó los planes y éstas los acogieron con júbilo.
      Tres horas de compras después, ambas seguían de lo más simpático. ¿Habrían enterrado las armas? O atacarían después con más saña. Carol las observaba con suspicacia. Comieron en un restaurante precioso en el paseo marítimo y tras pasear por el centro de la ciudad se fueron al aeropuerto.

      Mientras Manu facturaba el equipaje con Chloé y disfrutaban de un momento a solas padre e hija, Francine se llevó a Carol a un banco. La amiga de Chloé se sentó en el banco de enfrente.
      —No me gustas, pero parece que a mi hija sí. No me queda más remedio que aceptarte, por más que me pese. Pero estaré cerca, debo velar por el bien de mi familia —dijo Francine muy seria.
      —¿Me estás amenazando? —preguntó Carol alucinada.
      —Te estoy advirtiendo de que puedo joderte la relación si me lo propongo. Él te dirá que no, pero todavía tengo cierto poder. No me hagas ejercerlo.
      Carol la miró de arriba abajo con cierta incredulidad. Francine era muy guapa, pero si la mirabas bien podías apreciar que el esfuerzo que le costaba serlo no paraba el paso del tiempo. Era de esas mujeres que hablan, pero lo que dicen no corresponde con lo que gesticulan. Ella trataba de guardar una compostura que no tenía. Una seguridad que no sentía. Carol sintió pena. Seguramente había perdido al amor de su vida por no saber reconocerlo cuando debía, y ahora pasado el tiempo trataba de recuperar una posición que ya no le correspondía. Tras entender esto, Carol asintió. Dando a entender a Francine que se sometía a su advertencia, en el fondo era lástima. Prefería que volviera a París sintiéndose vencedora. Concediéndoles el beneplácito, por el simple hecho de no tenerla incordiando.

      Manu y Carol esperaron a que las tres pasaran el control de seguridad hacia la zona de embarque. Salieron del aeropuerto y pusieron rumbo a sus vacaciones soñadas. Tenían seis días para ellos solos. Días que llenaron de besos, de risas, de idílicas playas como Bolonia. Cada noche se quedaban dormidos después de hacer el amor. Manu cumplió y la llevó a Zahara, a navegar. A cenar al precioso pueblo de Vejer de la Frontera con sus calles empedradas.
      Llegó el domingo y con él la certeza de que el sueño se terminaba. Vuelta a Madrid, a la rutina, a la prisión de los horarios y sus agendas. Carol despertó entristecida con la idea de que había sido una relación de verano imposible de mantener en la ciudad.

      Cuando llegaron a la puerta de casa la melancolía se había adueñado de ella. Trataba de sonreír, pero no podía.
      —Debimos quedarnos y no volver —dijo Manu.
      —Tengo un chiquitín, recuerda.
      —Vayamos a por él y bajemos allí de nuevo.
      —Tengo un trabajo, también. Y una casa, una vida —contestó Carol.
      —Que no te gusta nada.
      —Cierto —confesó ella.
      —Algo podremos hacer. En Cádiz habrá Seguridad Social, ¿no? Pide el traslado.
      —Pero no te conozco. Cambiar toda mi vida por alguien que apenas conozco me parece una locura.
      —Quedarte en una zona de confort sin confort es la locura —sentenció Manu mientras se acercaba para besarla —. Sigo y seguiré aquí. Y aprovecharemos cada vez que podamos para bajar a la playa y haremos más viajes. Sé que eres reacia a dejarte llevar. Te demostraré que esto no es algo pasajero.

      Carol se bajó del coche sin estar convencida del todo, aunque con el firme propósito de intentarlo. A la media hora de estar en casa sonó el timbre, por fin llegaba su pequeño.

      A la mañana siguiente llevó a Juan al colegio. «Mamá estás diferente», le había dicho en la puerta al despedirse. Al llegar al trabajo lo mismo, «¡qué guapa estás!», «¡qué morena!», «estás radiante», «en el desayuno nos lo cuentas todo».

      Pero lo que ellas no sabían es que en el desayuno les esperaba una sorpresa. Cuando estaban las cuatro sentadas en la mesa de siempre, las compañeras de Carol la sometieron a un interrogatorio.
      —Tú nunca te habías ido de vacaciones sin decirnos donde ibas y menos a una escapada de aventura. Ya nos estás dando detalles —dijo una de ellas erigiéndose portavoz de las demás.
      Carol sonreía, antes del viaje hubiera esquivado las preguntas. Se hubiera excusado mientras se levantaba para volver al trabajo. Pero Juanito tenía razón, se sentía diferente. No solo por Manu, no se trataba de la relación en sí. Manu le había enseñado a verse. A darse cuenta de que podía disfrutar de la vida a pesar de todo, de la edad, de la maternidad…
      —Mira que sois cotillas y qué más os dará. He estado en la playa, al final no me atreví con el puenting, demasiadas emociones. Aunque he tenido otras —sonrió para sí dispuesta a no revelar nada más.
      En ese momento entró Manu en la cafetería y sin mediar palabra se acercó sonriente a ella.
      —Hola morena. ¡Qué guapa estás! —la cogió del brazo para levantarla de la silla y se acercó para darle un beso en los labios. Ella sonrió con cara de boba y las compañeras se quedaron boquiabiertas —. Encantado. Si no os importa os la robo que tenemos que planear la siguiente escapada.
      Las guiñó el ojo y sacó a Carol del local.
      —Mira que eres malo —sonrió Carol mientras entraban en la agencia de viajes —. Pero, ¿dónde vamos? ¡Qué tengo que volver!
      Ambos se reían y se besaban dentro del despacho de Manu.
      —Quince minutos y tengo que irme —dijo Carol mirando a Manu embelesada.

      Ese fue el primer día de trabajo de muchos. Carol no volvió a desayunar con sus compañeras. Aprovechaba cada minuto que podía para escapar a la Agencia de viajes. Manu la recogía a la salida de la oficina. Conoció a Juan y se enamoró de él al instante. No todo fue un campo de flores, de vez en cuando Francine hacía su aparición estelar y ambos tenían que armarse de paciencia y lidiar con ella y sus neuras. Pasado el verano, Carol solicitó el traslado a Cádiz, si se lo concedían Manu dejaría a su fiel empleada encargada del negocio. Solo tendría que viajar a Madrid cada quince días.
Era una locura digna de cometer, pensaba ella. Alquilaría su piso y se iría a vivir cerca del mar, otro sueño cumplido. El de enamorarse también estaba tachado.

      Nunca es tarde si mantienes los ojos abiertos, si lo intentas. Si te concedes la oportunidad de ser feliz. Esta historia queda pausada, habrá otras. Millones de corazones deseando encontrarse. No sabemos si en el caso de Carol y Manu hay un final, o un para siempre. Dentro de un tiempo nos asomaremos de nuevo a su vida y nos enteraremos. Por ahora sabemos que van a pasar el verano de sus vidas.


-FIN-




Los planes de Carol - 10




Cuando Manu y Carol abandonaron el restaurante la noche se había instalado por completo. Una suave brisa nocturna les envolvió.
      —No tengo ninguna gana de volver a esa casa con la loca de mi ex campando a sus anchas —confesó Manu.
      —No volvamos. Vayamos a tomar una copa y alarguemos la hora de volver.
      —Me parece genial, pero se me ha ocurrido algo mejor. Las discotecas no es que me entusiasmen mucho. Déjame hacer una llamada.

      Manu se retiró a llamar por teléfono mientras Carol caminaba hacia el final de la calle para contemplar el mar. Miraba el reflejo de la luna sobre el agua al tiempo que se dejaba impregnar por el olor a sal. Diez minutos después aparecía Manu para contemplar la escena junto a ella.
      —La luna está casi tan preciosa como tú —Carol le miró con cierta suspicacia, no terminaba de creerse que esas afirmaciones fueran de verdad—. Ya podemos irnos —dijo él triunfal.
      —¿Dónde? —preguntó Carol intrigada.
      —Es una sorpresa. Vamos, morena.

      Se montaron en el coche, Manu conducía y Carol observaba por la ventana muerta de la curiosidad. «¿Dónde irían?» No estuvieron en marcha ni diez minutos. Manu giró por una carretera hacia una de las playas más conocidas de Tarifa. A pesar de que era de noche, la luna iluminaba lo suficiente para poder observar la belleza del lugar, aunque sin todos los matices. Manu detuvo el vehículo delante de un edificio. Una imponente palmera en la entrada les daba la bienvenida a lo que parecía un hotel. El edificio era de color anaranjado o rojizo, la iluminación tenue no dejaba ver bien las tonalidades. Entraron y un amable recepcionista les saludó.
      —Buenas noches.
      —Buenas noches, mi nombre es Manuel Rodríguez.
      —Acaba de llamar Don Alberto, señor Rodríguez. Aquí tiene la llave de su estancia personal. Él no llega hasta el lunes de la semana que viene, puede disponer de ella hasta entonces.
      —No hará falta, gracias. La emergencia nos mantendrá alejados de casa tan solo por una noche.
      —Es la villa al final del sendero.
      —La conozco. Muchísimas gracias —contestó Manu mientras cogía las llaves.

      Salieron al exterior del edificio y caminaron por una pasarela de madera que discurría en medio de un jardín en dirección hacia la orilla. Al final del recinto se veía una pequeña casa rodeada de la vegetación necesaria para concederle intimidad.
      —¿Intentas impresionarme? —preguntó Carol divertida —. No te hacía falta. Ya me tenías bastante impresionada.
      —Verás, no me imaginaba de juerga toda la noche, ni haciéndote el amor entre susurros porque las orejas que tendríamos alrededor podrían escucharnos. Esta era la mejor solución.
      —Pagar una habitación de hotel, teniendo una preciosa casa aquí cerca es tirar el dinero —afirmó Carol haciendo gala de su sensatez.
      —Primero; no estoy pagando nada. El dueño del hotel es íntimo amigo mío. Segundo; espera a ver esto antes de opinar.
      Cuando Manu abrió la puerta, a Carol se le escapó un gemido de placer. Placer visual. La villa no era muy grande, tan solo tenía una habitación, un salón con una pequeña cocina americana y un baño. Pero estaba decorada con un exquisito gusto y sencillez. Tenía pocos muebles, pero eran de una madera preciosa. La cama kingsize y coronando en medio del baño una bañera de hidromasaje redonda para perder el sentido. Además, en tan solo los diez minutos que habían tardado en llamar, habían colocado una cesta de frutas en la barra que separaba la cocina del salón. En el baño también había dos cestas llenas de productos de baño: geles, espuma de baño, jabones. En la encimera una cubitera con un Dom Perignon enfriándose dentro y dos copas altas. Junto con una caja de bombones en forma de corazón. Parecía que estuvieran en una isla paradisiaca celebrando la luna de miel.
      —Este Alberto es un capullo de los grandes —dijo Manu al leer una nota que le había dejado al lado de la cubitera.
      —Y, ¿todo este despliegue conquistador? —preguntó Carol cogiendo un bombón.
      —Es la primera vez que le pido un favor como este. Ha debido imaginar que la ocasión lo merecía.
      —Pero, ¿qué le has dicho?
      —Que iba a pedirte matrimonio —contestó Manu muy serio.
      Carol se quedó estupefacta. Palideció y sintió que le temblaban las piernas.
      —¿Cómo? —alcanzó a preguntar con un hilo de voz.
      Manu se dobló de la carcajada que soltó. Se dobló de manera literal, mientras no podía para de reírse.
      —¡Serás gilipollas! —exclamó Carol al tiempo que le tiraba un bombón a la cabeza.
      —¡Au! ¡Me has dado de lleno! ¡Qué puntería tienes, jodía! —Manu seguía riéndose sin parar —. Perdóname, te lo pido por favor. Me lo has puesto a huevo. Te has quedado blanca como un fantasma.
      —Eres un capullo inmaduro.
      —Por favor, no te pongas así. Solo he tenido que decirle la verdad, que había invitado a casa a la mujer más maravillosa del mundo y había venido Francine a tocarme los cojones. No ha hecho falta nada más, Alberto es un gran amigo —dijo Manú mientras abría la botella —. Ven, brindemos por la paz.
      —Este agravio te va a costar caro —sentenció Carol mientras bebía. Era la primera vez que probaba el famoso Dom Perignon y se bebió la primera copa del tirón, entraba solo —. Esto está cojonudo.
      —Despacio, morena. No he preparado todo esto para tenerte inconsciente. A ver, ¿cuál va a ser mi castigo?
      —Humm, déjame pensar… Enterrarte entre mis muslos y lamerme entera hasta que yo te diga que basta.
      —Castigo aceptado —dijo Manu mientras se acercaba y le soltaba el pelo —. Pero primero vamos a llenar la bañera.

      Manu preparaba el baño con espuma mientras Carol se llenaba otra vez la copa. No tenía costumbre de beber alcohol, así que a la tercera copa sentía un ligero mareo, la sonrisa floja y la lengua de trapo. Manu salió del baño para buscarla y sonrió al verla.
      —Ni una más, morena. Que ya tienes cara de borracha.
      —¿Yo? ¡Qué va! Achispada, que diría mi padre —musitó Carol con una sonrisa burlona.
      —No mientes a tu padre, por favor. Si ese señor viera las guarradas que voy a hacerle a su hija ahora mismo se bebería la botella de golpe.

      Manu se acercó a Carol y le quitó la copa de la mano. Le levantó los brazos y le sacó el vestido por la cabeza. La cogió de la mano y la llevó al baño. La bañera burbujeaba llena de espuma que desprendía un olor a flores delicioso. Manu había colocado velas alrededor, por el suelo, en el lavabo.
      Carol se descalzó mientras Manu se quitaba la ropa. Cuando ambos se quedaron desnudos uno frente al otro, ella no pudo evitar morderse el labio inferior al contemplarle. La piel tersa y morena de Manu era de lo más apetecible.
      Entraron a la bañera y la temperatura del agua hizo que ella se estremeciera de puro gusto. Ligeramente templada, casi fría, contrarrestando el calor de junio. Él se sentó y la atrajo hacia sí consiguiendo que sus cuerpos encajaran.
      Se dieron un largo y profundo beso. Caliente, húmedo, saboreándose, aspirando el cálido aliento de sus bocas. Carol sentada encima de Manu sintió que el beso había sido suficiente para que ambos estuvieran preparados. La primera vez que iba a tener una experiencia sexual acuática. Demasiadas primeras veces estaba experimentando con Manu. Se dejó llevar, apagó el interruptor mental y simplemente se abandonó al placer. Sin contenciones o razonamientos.
      Manu pagó su deuda tres veces durante el resto de la noche. Carol se sentía rejuvenecer con cada orgasmo, sentirse tan deseada elevaba su autoestima a niveles estratosféricos, por no hablar del hecho de que el sexo libera tal cóctel de hormonas que te hace sentir más vivo que nunca.

      Amaneció con los primeros rayos del sol. Contempló maravillada las vistas a través de la ventana de la habitación. Los árboles que rodeaban la villa, las palmeras, el mar de fondo. Manu dormía plácidamente a su lado. Se deslizó al suelo para no despertarle. Buscó la ropa interior, el vestido y salió descalza hacia la orilla. No había nadie. Se quitó el vestido, se sumergió en el agua y dejó que las olas la mecieran con su movimiento rítmico. Nunca se había planteado qué era para ella la felicidad, simplemente se dejaba llevar por la rutina de los tiempos. Las agendas, los horarios. El trabajo, el colegio. No se había preguntado cómo sería sentirse plenamente feliz. Seguramente era un concepto que no existía, la felicidad plena, pero en aquellas aguas gaditanas, con el rumor del viento y la sal en su piel, supo que estaba muy cerca de serlo.

Los planes de Carol - 9



Carol colgó el teléfono después de hablar con el pequeño Juan. Siempre que lo hacía, sentía un cosquilleo en el estómago. «Todo bien mamá. El abuelo me está enseñando a nadar y papá me ha comprado una pelota nueva». Se alegraba mucho de que el gandul hubiera decidido volver a vivir con sus padres que se volcaban con el niño. Asumido por su parte que se le había terminado el chollo con ella fue fácil aceptar que no era amor lo que les unía y eso había contribuido a conseguir mantener una relación cordial para tratar los temas que concernían al pequeño.

      Salió de la habitación y Manu esperaba sentado en el sofá. A través de la cristalera del salón podía verse a Francine tumbada en una de las hamacas leyendo una revista. Carol se sentó junto a Manu en el sofá.
      —Siento que no estén siendo tus vacaciones soñadas —dijo.
      —No tienes ni idea de cuales hubieran sido mis vacaciones soñadas.
      —También es verdad, ¿cuáles hubieran sido tus vacaciones soñadas? —preguntó Manu intrigado.
      —Pues verás, en cuanto a playas, arena blanca y agua cristalina, esta zona es perfecta. En cuanto a la compañía, es bastante mejor de lo que había imaginado. Lo demás es circunstancial. Ya tendremos tiempo. Es verdad que tener a tu exmujer tirada en la piscina no es muy normal, pero como sea tu familia no es asunto mío.
      —¿No te irías de crucero por los fiordos noruegos? —preguntó Manu con sorna.
      —Hombre… pues claro. Pero tengo sueños alcanzables —contestó Carol.
      —Dinero y tiempo, es lo único que hace falta.
      —Y ganas, esas también son importantes para todo —sentenció Carol.
      —Ten paciencia, Francine es veneno puro. Quizá imaginas que se pasea por aquí todos los veranos, pero no es así. Chloé le ha debido contar y ella se ha presentado corriendo. Así que viene con un propósito, todavía no tengo claro cual, pero molestarte es uno de ellos seguro —afirmó Manu mientras le acariciaba el brazo.
      —Algo había sospechado —sonrió Carol—. No te preocupes, no me dejo amilanar fácilmente. Un día y me llevarás a Zahara, que me quedé con todas las ganas de bañarme en su playa.
      —Trato hecho —contestó Manu mientras se acercaba a ella para darle un beso.

      En ese momento alguien abrió la puerta de la casa y se quedaron con los labios suspendidos sin beso. Era Chloé con su amiga.
      —¿Dónde está mamá? —preguntó sin mirarles.
      —Hola hija. ¿Todo bien? Nosotros bien, ha sido un día lleno de sorpresas, pero eso ya debes saberlo. Tu madre está en la piscina. Saluda al menos, ten educación.
      —Hola Carol —saludó Chloé.
      —Hola chicas —saludó Carol sonriendo.
      Ambas salieron a la piscina y Manú tuvo una idea. Eran casi las ocho de la tarde. La hora perfecta.
      —Ve y vístete sin hacer mucho ruido. Cuando estés arreglada me esperas en el coche, las llaves están sobre la isla de La Cocina, dijo señalándolas. Vamos a escapar de este infierno —sonrió y guiñó un ojo—. Pero debemos ser rápidos para que no se nos cuelguen.
      —¿Me arreglo? —preguntó ella divertida.
      —Restaurante normal. Puedes ir como quieras vestida, pero evita la vestimenta playera.
      —Hecho. Tardo quince minutos. Me maquillaré en el coche.
      —Perfecto, ve. Dos minutos y voy yo. Que no nos vean movernos juntos —dijo Manu sonriendo con malicia

      Carol se duchó sin lavarse el pelo, que recogió en un moño despeinado alto. Se puso un vestido camisero, unas sandalias de cuña y metió el neceser con el maquillaje en el bolso. Había tenido la precaución de coger las llaves del coche de camino a la habitación. No podía salir por la terraza, porque Francine y las chicas estaban en la piscina; la verían. El salón y dos de las habitaciones tenían el ventanal a ese lado del jardín. No le quedaba más remedio que salir por la puerta principal. Si ellas no entraban al salón o a la cocina, que estaban ambos en la misma estancia, podría salir sin ser vista.
Francine seguía tumbada. Chloé y su amiga estaban dentro del agua. Carol salió con paso decidido hasta la puerta de la casa, consiguió llegar al coche sin que nadie reparara en su presencia. Abrió y se sentó en el asiento del copiloto. «Prueba superada» pensó mientras se reía.
      Manu tardó quince minutos también. Llevaba una camisa azul marino ceñida que le daba un aspecto elegante y juvenil. Vaqueros y zapatillas de vestir. Salió a la piscina mientras se guardaba la cartera en el bolsillo.
      —Vaya, papá. Estás guapísimo —afirmó Chloé.
      —Tu hija tiene razón. Estás muy guapo, chéri. A veces me pregunto porque te dejé con lo bueno que estás.
      —Te recuerdo que la patada en el culo te la di yo, así que déjate de tonterías. Me llevo a Carol a cenar, tenéis comida en la nevera, pero como dudo mucho que tu madre os vaya a preparar algo de comer, os he dejado dinero en la encimera. Pedid algo. No quiero ni una llamada de emergencia. ¿Entendido? Como me jodáis la velada os mando a París esta misma noche.
      —Entendido —dijeron ambas mientras se miraban. La amiga de Chloé permanecía ajena al complot.

      Manu salió de la casa y Carol al verle sintió un pinchacito en el estómago. «¡La leche nena! ¡Qué requetebueno que está! ¿Cómo he conseguido yo a este macho?» Le sonrió mientras él entraba en el coche. Le tendió las llaves sin darse cuenta de cambiar la cara de boba que se le había puesto nada más verle.
      Manu sonrió.
      —Larguémonos, morena. Estás preciosa.
      —Tú sí que estás bueno —«ups»—. Guapo, tú sí que estás guapo.
      Él lanzó una carcajada y puso el coche en marcha.
      —Vayámonos corriendo antes de que los zombis salgan de la casa y se nos agarren al capó.
      Puso el coche en marcha y la llevó a Tarifa.

      Cenaron en un restaurante japonés mientras ambos hablaban de sus vidas. Carol le contó cómo había terminado con un hombre a la desesperada, presionada con la idea de ser madre.
      —El tiempo pasaba y tuve la absurda idea de que tenía que ser con él o con nadie. Juan consigue que no me arrepienta, aunque a veces me duele el trajín que lleva de una casa a otra.
      —Te entiendo perfectamente, pasé por lo mismo. Pero en nuestro caso las peleas eran explosivas.   Francine me lanzaba cosas con la niña mirándonos. No era buen ambiente para ella. Conseguí, todavía no sé ni cómo que me cediera la custodia hasta que Chloé fuera más mayor. Francine podría vivir la carrera de modelo que siempre quiso, estudiar diseño y materializar todos los sueños que supuestamente había renunciado porque la dejé embarazada. Y yo tenía la oportunidad de educar a mi hija en un ambiente tranquilo. Cuando Chloé cumplió doce años el mundo de su madre la atrapó por completo. París, la moda. Yo me volqué con la escuela, monté una agencia de viajes online de aventuras y sobrellevé el verla cada vez menos. Ahora es ella la que decide en qué casa quiere estar. Espero que podáis llevaros bien. Es una chica increíble.
      —No lo dudo. Está en una edad complicada. Quizá siempre creyó que con el tiempo volveríais —supuso Carol.
      —Seguro, pero ahí no quedan cenizas. Te lo aseguro. Bueno, háblame de esos sueños que se quedaron por el camino. O, ¿soñaste con ser funcionaria de la Seguridad Social?
      —Sí, claro. Era lo que contestaba cuando me preguntaban de pequeña. No hay un sueño concreto tirado en la cuneta. Nunca le he confesado esto a alguien, pero tengo la sensación de haber dejado que otros guiaran mis pasos. De haberme conformado con lo que venía. Tengo cuarenta años, un buen trabajo. Una hipoteca, un niño precioso. Y me siento terriblemente desdichada. Este viaje contigo ha sido lo más intrépido que he hecho. Ni de adolescente hice alguna locura. A veces me siento una anciana que ha tirado por la borda la oportunidad de ser feliz.
      Carol guardo silencio abatida. Las palabras habían desgarrado su garganta mientras salían. Pensarlo dolía, pero verbalizarlo había sido demoledor. Manu la observaba sin saber qué decir, consciente de la trascendencia de la confesión.
      —Bueno, la suerte que tenemos es que no eres una anciana y todavía tienes tiempo de hacer muchas cosas. Descartamos el paddle surf, no te asustes. Viniste conmigo a la playa sin conocerme, puede convalidarse como locura adolescente. Dime algo que no hayas hecho y te mueras por hacer —dijo al fin.
      —Vale. Déjame pensar —Carol se frotaba las sienes mientras lo decidía—. Lo tengo: Sufrí mucho siendo estudiante. Llevaba un aparato horrible en los dientes, gafas, tenía sobrepeso. Sufrí acoso escolar y me perdí muchas de las cosas que hacían las chicas populares.
      —¿Me vas a pedir que te eche un polvo en el asiento trasero del coche en un pinar? —preguntó Manu.
      Carol lanzó una carcajada que consiguió alejar la tristeza que le producían ciertos recuerdos.
      —Era lo que hacían, no te has perdido mucho más —afirmó Manu.
      —No, no. Quiero ir a un concierto en la playa, festivalero. Beber una bebida horrible en un vaso de plástico de esos gigantes y fumar marihuana.
      Manu la miró boquiabierto.
      —¿Me lo estás diciendo en serio? —preguntó.
      —Completamente.
      —Está bien. Deseo conseguido. La marihuana se la puedo pedir a uno de los chicos de la escuela que a veces viene con un olor sospechoso en la ropa.
      —¿Es profesor? —inquirió preocupada.
      —No, no. Practicante —contestó sonriendo Manu—. Damos clases a niños, no me la juego con eso.
      —Muy bien.
      —¿Algún grupo en concreto? —preguntó Manu interesado.
      —Macaco.
      —¿Macaco? Pensé que me dirías algo más complicado; Metallica, Muse.
      —Es mi sueño, ¿no? Macaco. Me encanta, me pone y quiero cantar con él en la playa.
      —Junto, no con —corrigió Manu.
      —Es lo mismo.
      —No, porque no vas a cantar con él en el escenario. Por no hablar de los miles de personas que habría contigo.
      —Bueno, lo que sea. Entonces, ¿me llevarías?
      —Al fin del mundo, morena. Esto es pan comido. Solo tengo que descubrir en qué festivales toca este verano, comprar las entradas, reservar el viaje y llevarte. Minucias...

      Carol sintió que se le erizaba todo el cuerpo. Se le escapó una sonrisilla maliciosa al imaginarse delante del escenario contemplando a Macaco al natural, fresco como una lechuga. En vivo y en directo compartiendo el mismo plano, lugar, espacio-tiempo que ella.
      —Espero que esa carita de boba que se te ha puesto ahora mismo sea por mí —dijo Manu interrumpiendo sus ensoñaciones.
      —También, también —mintió ella.

Los planes de Carol - 8



Carol miraba a Manu que apesadumbrado le decía no sé qué del armario. No conseguía concentrarse. «Pero, ¿qué necesidad tenía ella de complicarse la existencia?» pensaba una y otra vez. Compartir vivienda con su nuevo amigo, bueno amante o lo que fuera, con la hija de este y la exmujer, era a todas luces extraño. Extravagante. Carol, que todo lo ordenaba por color, orden alfabético, fecha de caducidad o categorías de cosas, le era imposible colocar las piezas del puzzle loco en el que se había visto envuelta.

         —Te he dejado dos cajones de la cómoda y este lado del armario para que guardes tus cosas. Siento mucho todo esto, Carol.
         —No te preocupes. Entiendo lo que está pasando, aunque eso no hace que sea más agradable.
         —Es la primera vez que Chloé siente que tambalean los cimientos de su castillo. Un día, solo te pido un día más.
         —No pasa nada, de verdad.

         Al salir de la habitación, Francine salía por la puerta.
         —Voy a recoger a nuestra hija y a su amiga que están a punto de llegar a puerto, me llevo tu coche. Esta noche preparamos nosotras la cena para daros las gracias por la hospitalidad. ¡Au revoir!

         Por fin solos, pero con la libido de vacaciones en un lugar lejano. «Un día más, Carol. Un día para retozar como adolescentes en las playas de Zahara»

         Manu preparó dos zumos de frutas con hielo picado.
         —¿Te parecería horrible pasar la tarde en la piscina? —preguntó mientras ponía una sombrillita de cóctel en cada uno de ellos.
         Eran esos detalles los que la tenían completamente loca por él, esos y como enterraba su lengua en lugares de ella misma que no sabía ni que estaban ahí.
         —Me parecería un suplicio horrible e insoportable, meterme en tu piscina de diseño mientras preparas bebidas de estas. ¡Por favooor! No tienes corazón —contestó mientras ponía los ojos en blanco.
         Manu sonrió y de repente volvió la libido de Carol del viaje por los confines del Universo, contenta como unas pascuas para colarse en su entrepierna y darle toquecitos, «toc, toc, soy tu libido. Dile a ese macho que estamos listas»
         —Soy yo o has puesto cara de perra en celo —afirmó Manu divertido.
         —Es una pena porque se va a derretir el hielo del zumo.
         —Una pena enorme, sí.

         Se acercó a ella, la cogió por la cintura y la sentó encima de la encimera. Hundió la nariz en su cuello y comenzó a lamer mientras bajaba hacía el pecho. Ella gimió y sintió como se humedecía entera. El sonido de la llave en la cerradura la sobresaltó y bajó de un salto al suelo empujando a Manu que se cayó de culo.
        —¡Joder! —gritó él mientras se tocaba la rabadilla.
        —¡Cambio de planes! Chloé vendrá más tarde. Van a la piscina de Victor, ese chico tan mono de tu escuela. ¿Qué hacíais? —preguntó Francine mostrando una sonrisa seductora. Aunque todo en ella era seductor.
         Carol puso cara de pillada y Manu había conseguido levantarse, aunque seguía tocándose la rabadilla.
        —Nada, no hacíamos nada —contestó él cabreado.
        —Ohhh, chéri. Has preparado tus zumos. Mira que bien, uno para cada una de tus chicas.
        —No me toques los huevos, que ya los tengo bien gordos.

        Carol aprovechó para ponerse el bikini y refrescarse un poco. Salió a la piscina y se sumergió en el agua dejando que ésta se llevará toda la frustración. Cuando emergió vio que Francine paseaba por el bordillo con un mini tanga y nada más. Dos pechos tiesos como dos peras se contoneaban junto con todo su cuerpo a cada paso que daba. Parecía una aparición. El pelo caía por su espalda y ondulaba al viento. Se sentó en el borde, metió los pies en el agua y gimió de placer. Carol se quedó ojiplática mirando su vientre plano incluso sentada. Ni un atisbo de pequeño michelín. Era humanamente imposible haber engendrado un bebé y no tener ni una huella corporal. Quizá estos ricos modernos habían conseguido un vientre de alquiler, porque genéticamente Chloé era un calco de su madre, así que los óvulos tenían que ser de ella, sí o sí. Y, ¿cuántos años tendría? La piel del cuello era tersa. Debía tener como mucho treinta o treinta y pocos. Carol seguía inmersa en sus cavilaciones cuando Manu salió de la casa, ni siquiera se fijó en Francine. Dejó la toalla en una de las hamacas y se lanzó de cabeza al agua. Buceó hasta Carol, se acercó a ella y la besó en los labios.
       —Estás preciosa con el pelo mojado —musitó.
       Ella que se sabía mona, pero nada más. Delgada, pero normal. Y con el flotador adherido a ella desde el parto, le miraba suspicaz mientras en su cabeza hacia las malditas comparaciones. Morena bajita contra la Diosa Venus. No había por dónde cogerlo.
       —Sois tan monos —dijo Francine.
       Manu se volvió a ella como si acabara de reparar en su presencia.
       —¡Ah! Estás ahí. Podías buscar un atuendo más pequeño, ¿no? —le dijo Manu molesto.
       —Sabes que no me gustan las marcas en la piel.
       —Con las que te hacían otros no tenías problemas.
       —Supéralo, chéri —se levantó indignada y se metió en la casa.
       —Lo lamento —le dijo Manu a Carol que le miraba interrogante—. No tengo muchos detalles que darte. Mi relación con ella fue un infierno, me ocupé de Chloé solo mientras ella salía todas las noches y se follaba a cualquier tipo que se le pusiera delante. Ella dice que se quedó embarazada muy joven y eso la perturbó. Descubrí tarde que venía perturbada de serie. Es como un grano gigante en el culo, un grano bonito, pero nada más. Está rabiosa y tratará de molestarnos. No dejes que te afecte.
      —Rabiosa, ¿por qué?
      —Porque su diminuta neurona cree que algún día volveremos, que tengo que seguir manteniéndola y pagando sus caros caprichos. A pesar de trabajar para un diseñador de moda de renombre en París y ganar un dineral. Ella cree que siempre voy a estar ahí para solucionar sus problemas. Y lo creía porque nunca me ha visto rehacer mi penosa situación sentimental. Porque me dejó un miedo atroz al compromiso. Hasta ahora he satisfecho mis necesidades con mujeres antagónicas a mí para no enamorarme. Pero contigo no he podido controlar nada. Te vi y te me colaste en el corazón. No tengo explicación racional para ello, y mira que me gusta razonarlo todo.
     —Vaya. ¿Lo tenías ensayado?
     —Sí, horas delante del espejo. Espero que haya quedado natural.
     —Como el atún en lata.
     —¿No me crees?
     —No es eso, es que no deberíamos estar hablando de esto. Deberíamos estar retozando sin pensar —dijo Carol sonriendo.
     —Tienes razón y lo haremos.
     —Me he pasado toda la vida pensando y no haciendo. Analizando, conteniéndome. Y, aun así, eso no ha evitado que tomara las peores decisiones posibles.
     —Hecho. Hacer sin pensar. Es un buen eslogan —sentenció Manu.

     Francine volvió a hacer acto de presencia justo en el momento que ellos volvían a besarse. Había cambiado el zumo por una copa de vino blanco. Llevaba un trikini azul eléctrico y una pamela color hueso, que en conjunto le daban un aspecto espectacular. Se sentó en el borde y los observó en silencio. Carol se sentía incomoda con una mujer así merodeando. No podía evitarlo.

    —Y, ¿a qué te dedicas, Carol? —preguntó Francine.
    —Soy funcionaria de la Seguridad social —respondió Carol con desgana.
    —¿Médico?
    —No.
    —¿Enfermera?
    —Administrativo.
    —¿En un hospital? — ¿Qué narices era esto? ¿Un interrogatorio?
    —En una oficina de atención ciudadana.
    —¡Ah! Suena trepidante —afirmó Francine mientras sonreía irónicamente—. Yo trabajo en el departamento creativo de la firma Kenzo en París.
    —Es genial —«guarra, no te he preguntado, no me interesa».
    —La próxima vez que nos veamos te regalaré un perfume, me temo que en el muestrario no tenemos prendas de tu talla.
    —Gracias, supongo —musitó Carol mientras la vena que tenía en la frente empezaba a palpitar—. Voy dentro a llamar por teléfono.

     Manu que había permanecido ajeno a la conversación, esperó a que Carol entrara en la casa y miró a Francine enfurecido.
    —Dame un motivo para no echarte ahora mismo de mi casa.
    —Se llama Chloé, mide metro setenta y dos, la hemos hecho nosotros y nos salió perfecta.
    —Mantente alejada de Carol, ¿me oyes? No voy a permitir que me lo estropees. Mañana te vas a pasar el día por ahí, no quiero verte por la casa. ¿Entendido? Te vienes a dormir y punto.
    —Entendido, no te alteres, chéri. Qué me pones cachonda.

    Manu hizo una mueca de desdén y entró en la casa. Se acercó a la habitación y escuchó que Carol hablaba con su hijo. «Un día, preciosa» «Aguanta solo un día» pensó mientras apoyaba la frente tras la puerta.