La última sonrisa

                                                                                     Imagen: Robert Frank


Es la única foto que conservamos de nuestra infancia. El tío William compró una cámara desechable. Mi madre nos había dejado y quiso que tuviéramos un día inolvidable antes de entregarnos a los servicios sociales. Él no nos quería, éramos un estorbo. Como tampoco nos quiso mi padre cuando nació Jimmy y le vio por primera vez. Ahogó una náusea y salió corriendo. Mi madre nos sacó adelante, pero se enganchó al caballo. Dice que lo necesitaba para seguir viviendo, para conseguir trabajar y atender a los señores que venían a casa.
Mi hermano Jack, el mayor, jugaba a que mataba a Jimmy. Siempre lo hacía, no le perdonó que por su culpa mi padre nos dejara. Mathew, el pequeño fue el primero en conseguir familia. Era adorable y muy tierno. Hace poco di con él, vive en Chicago. Consiguió ser médico y no quiere saber nada de nosotros.
Jack y yo vivimos juntos, sobrevivimos más bien. El roba y yo engaño a incautos turistas.

Jimmy... no lo consiguió. Cerraron el orfanato y le dejaron en la calle. Era mayor de edad. Lo encontraron una mañana de invierno congelado en un banco de Central Park.

Esta es la única foto que demuestra que un día fuimos familia, que sonreíamos a pesar de todo y... que no tuvimos ni una sola oportunidad.

No te necesito



No necesito que me completes, tan solo que me acompañes en el camino.
Que estés en tu lugar, que hagas y deshagas y de vez en cuando recuerdes que estoy aquí, me mires y sonrías.

No necesito escenas de películas románticas, ni grandes gestos de amor para contar. Necesito que escuches cuando te hablo. Que seamos nosotros sin dejarnos atrás. Que estés presente cuando nos amamos.

No necesito frases vacías de argumento o te quieros por rutina. He aprendido a quererme, a vivir en soledad, a curarme las heridas. No te necesito para nada, sólo te quiero para todo.

Duelo



No puedo olvidarte, ni hacer que vuelvas.
No consigo borrar tu presencia.
Deberé aceptar que ya no eres, no estás.

La herida tornará en cicatriz perpetua.
Por el camino se quedarán los trozos de nosotros esparcidos por los lugares donde fuimos. Donde nos entregamos. Donde tejimos hilos de amor infinito.

El tiempo avanza y nuestras ganas se merman. Cansada de sufrir, de llorar tristezas.
Mañana recuperaré la esperanza.
Hoy no.
Hoy solo sueño que eres, que estás.

Los relojes eternos

                                                                                    Ilustración: Cyril Rolando

Regreso del viaje más largo de mi vida. Si hablamos de tiempo dirás que ha sido muy corto, ni cinco minutos medidos con un reloj convencional, pero hay tiempos que se miden con relojes eternos. Puedo asegurarte que la despedida, el instante, ha sido largo e intenso.

He conocido el lugar donde se pausan los momentos. Donde quedan suspendidos, congelados, perpetuos.

No me está permitido revelar dónde está, tan solo os contaré que es bajo un océano. En él descansan los recuerdos de aquellos seres que ya no están.

En menos de cinco minutos todo cambió de lugar. No podemos pararlo, el tiempo avanza y cuando se pausa es para no regresar.