¿La vida era esto?



Hoy he leído una entrevista de una escritora y ha habido una respuesta que me ha hecho un pellizquito interior.

“A los 40 es el cambio total. Viene la gran pregunta: ¿Y ahora qué? ¿La vida era esto?” (Mara Torres)

¿La vida era esto?

En mi caso llego peligrosamente a los cuarenta, es cuestión de meses. Es cierto que ahora no me hago esa pregunta, pero sí me la hice hace dos años. Un día de otoño atrapada en mi coche en un atasco monumental en una de esas carreteras de circunvalación de acceso a la gran ciudad. A mi alrededor caras dormidas, caras de preocupación, poca alegría reinaba en los vehículos que me rodeaban. ¿Y en el mío?

En el mío me caían lagrimones por las mejillas de absoluta desesperación. Antes de salir de casa miré a mi pequeño en su cuna, dormía tranquilo. Al despertar su padre le prepararía el desayuno, después vendrían los juegos, el paseo por el parque. Y yo era “tati”, para mi hijo no era mamá. Era esa persona que llegaba por la noche para darle un beso mientras se iba a dormir con papá. Me lo perdía a una velocidad vertiginosa.

Otros lagrimones eran por el lugar al que debía llegar antes de las nueve. Ese trabajo temporal en el que entras de joven para cubrir gastos mientras se cumple tu gran sueño. Los días, meses, años pasan y de repente celebras quince años en la empresa. Haciendo un trabajo que nunca te gustó, rodeada de gente que trabaja en algo que no le gusta y dependiendo de una jerarquía tan larga, que hay más jefes que empleados rasos. Siendo un lugar de toma de decisiones absurdas. Los famosos palos de ciego. Los parches que van haciendo tus jornadas laborales insoportables, apagando fuegos que no enciendes y para los que no estás preparado. Dejándote la piel por un negocio que no es tuyo y por un salario escueto, que no aumenta en años por aquello de la crisis, pero sí sufres un aumento de las tareas por el mismo motivo. Oyendo a diario por los pasillos la reveladora frase: “Ni pagado ni agradecido”

En ese coche, con los locutores del programa matinal de turno en la radio cantando alguna estúpida canción, alegre y optimista: “¡Son las ocho, son las ocho!” Te retrotraes a tu yo de los años noventa, el que se iba de viaje con las amigas. El de las primeras veces. El de las ganas de comerse el mundo y le pides disculpas. “No lo conseguí”, le dices derrotada.

Pero la parte de ti rebelde te pega una colleja: ¡Qué todavía eres joven, imbécil! Y sucede ese clic interno tan maravilloso, ese despertar. Esa convicción absoluta de que no hay vuelta atrás, está decidido, se acabó esperar a que lluevan los regalos de la vida del cielo. Salvo a dos que les habrá tocado la lotería, no sucede así. Para cumplir sueños hay que pasar miedo, saltar al abismo. Destrozar una mal llamada zona de confort, porque de confort no tiene nada, salvo esa nomina mensual que apenas cubre los gastos fijos. Zona de cobardía, la llamaría yo.

Tan solo son 40, todavía estamos a tiempo de intentarlo. El día que salí de allí con mis cosas en bolsas del Mercadona, me temo que aquí no tenemos el glamour americano, no nos dan esas cajas con asas, no. Aquí te buscas la vida y yo llevaba las bolsas de la compra en el maletero. Así salí por la puerta con mis bolsas del Mercadona, mis compañeros del alma para despedirme y la enorme satisfacción de haber tenido el valor de hacerlo. No ha sido un camino de rosas, pero eso os lo cuento en otra reflexión.

Paqui y Manuela



Cuenta la leyenda…

«¡Qué leyenda, ni que payasadas!»
Cuenta mi vecina Paqui, la del segundo, que por fin han alquilado el piso vacío del sexto. Parece ser que al final lo ha alquilado un hombre soltero con muy buena planta. Y yo me pregunto: ¿Le habrán contado lo que sucedió en ese piso?

Según Paqui, el propietario harto de no poder alquilarlo, no le ha contado nada. Así que hemos quedado ella y yo, que se lo vamos a contar. No por cotillear ni nada de eso, nosotras no cotilleamos. Porque creemos que es lo correcto.

Esta tarde tengo que acompañar a mi hija, la mayor, al médico. La pobre está intentando quedarse embarazada, pero nada. Le han dicho que tienen que hacerse pruebas porque puede que alguno de los dos no sea fértil. Mi niña seguro que está bien, será el desgreñado del novio ese que tiene, que no quiere casarse. Y yo le digo que es por eso que no vienen los niños. Porque han de casarse como Dios manda.

Total, que Paqui quiere hablar con el señor del sexto cuanto antes, yo le he dicho que me espere, pero ella insiste que no y que no, que sube esta tarde…



Estoy muy preocupada, Paqui no aparece. He ido a la policía y me miran como una loca, pero yo estoy segura de que le ha pasado algo malo. El vecino del sexto tampoco aparece. Pero no hay evidencias de nada raro. No sé qué significa evidencias, pero no he querido preguntar al policía. Ese piso está endemoniado o algo. Tres muertos y dos desaparecidos. Yo no puedo dormir. Mañana voy a entrar con el propietario. Por mi Paqui, lo que haga falta.

—Mamá, ¿Y esa maleta?
—Ah, ¿Eso? Son cosas viejas que quiero guardar en el trastero, me ha dicho Antonio, el portero, que me las bajará luego.
— ¿Se sabe algo de Paqui?
—Nada hija. El sobrino no parece muy preocupado, la verdad. Y cómo no tiene hijos, está como loco porque quiere heredar el piso, el sinvergüenza. Nunca vino a verla. ¡Ay mi Paqui!
—Lo raro es que a estas alturas no haya aparecido el cadáver.
—¡Qué cadáver! ¡Anda calla! Que ves muchas series de esas de asesinatos. Seguro que aparece.
— ¿Después de un mes? Mira que lo dudo, mamá. Por cierto, que el tratamiento de fertilidad cuesta seis mil euros. Ya sabes que Joaquín es escritor y que ganará mucho dinero cuando acabe la novela, pero ahora con mi sueldo de cajera no nos da para hacerlo. Y he pensado que podías prestárnoslo tú con tus ahorros. Total, a ti no te van a hacer falta y Jaime vive en Londres y gana bien.
—Pero hija, como os vais a meter en tener un niño, ¿si el novio ese que tienes no puede manteneros?
—Bueno mamá, ¡es mi vida! Así estará siempre conmigo y dejará de tontear por ahí. Seré la madre de su hijo.
—Vale, vale. Ya lo hablaremos. Y ahora vete, que va a empezar la Ana Rosa en la tele.

«Hay que ver, mira que la quiero, pero esta niña siempre fue muy tonta. Bueno, lo tengo todo. Tengo que bajar con cuidado para que Antonio no me vea. El taxi está esperando ya. Es la hora del cafetito. En cuanto se vaya, salgo…»



— ¡Ay! Qué ganas tenía de verte, Paqui.
—Calla Manuela, que ahora no me llamo Paqui. Me lo he cambiado por Gabriela. Siempre me gustó ese nombre, de aquella telenovela que veíamos. ¿Te acuerdas?
—Y ¿dónde dices que nos vamos?
—A Venezuela, que allí no te buscan. A un sitio de esos, con playa, arena blanca y muchos morenitos.
—Ay, no sé. Que locura. Y ¿Qué hiciste con el hombre?
—Shhh. Calla Manuela. Ahora te cuento toda la historia en el avión. La del hombre, los tres muertos y el dinero.



—Verás, subí al sexto aquella tarde. Me abrió la puerta un señor educado pero sombrío. Que no me ofreció ni un vaso de agua. Total, yo le dije que me alegraba mucho de tener un vecino nuevo, pero que en esta casa habían aparecido tres muertos. Un matrimonio y una niña con un poco de retraso. Que el piso llevaba dieciséis años vacío. Fue un caso muy sonado en el barrio y nadie había querido alquilarlo, ni comprarlo. Se culpó del crimen al hijo mayor. Creemos que está en la cárcel, pero nunca supimos por qué.

El señor me miró con mala cara y me dijo que era normal que no se hubiera vuelto a alquilar la casa, si una vecina alcahueta subía con ese cuento. Alcahueta yo, Manuela. Que desfachatez.
El caso, es que cerró la puerta por dentro. Yo no entendía nada. ¿Para qué me encerraba allí dentro? Y entonces lo vi. Había movido el mueble grande del salón, y en la pared había un agujero enorme Manuela. Y justo debajo una bolsa con montones de billetes de esos moraos que nunca vemos. Y yo, que soy muy lista, me di cuenta que ese señor iba a matarme. Así que no lo pensé. Cogí una bola que pesaba mucho y cuando se dio la vuelta le aticé en la cabeza. Pensando que le dejaría atontao y podría llamar a la policía. Pero la bola esa era muy dura y salía mucha sangre Manuela. Vamos que me lo cargué sin quererlo.

Le quité la cartera y vi la documentación. Era él, Manuela. El hijo de los muertos que volvía al lugar del crimen a por el dinero. Lo que no sabremos nunca es de donde ha salido este dinero, pero no nos importa, ahora es nuestro.

— ¿Y qué hiciste con el cuerpo?
—Pues llamé con el teléfono del muerto a Mariano, el hijo de la Trini. Que está muy enganchao y tiene muchos contactos. Vino con dos amigos y se ocuparon de todo. Se llevaron el cuerpo, la bola y la alfombra. Les di unos billeticos.
—¿Y no tienes miedo que te denuncien?
—Son tres tiraos. Y además cómplices. No saben dónde estamos Manuela. Y tú, ¿Qué vas a decirles a tus hijos?
—Que me he escapado con un novio. Que volveré algún día. A Manuelita, que se lleve los geranios. Ya les he enviado la carta, desde casa, para que no supieran donde estábamos.
—Que lista eres jodía.
—No, no, aquí el cerebro eres tú. Son cómodos estos sillones del avión. Nunca pensé que fueran tan grandes. Y nos han dado sidra y todo.
—Ay Manuela, ¡cuánto tengo que enseñarte!

Me gusta Hannah




Sí, así con todas las letras. Me gusta el personaje de Hannah Hovarth en la serie Girls. Soy consciente de que a mucha gente les saca de quicio, que no es una personalidad fácil. Que tiene un montón de traumas y un trastorno obsesivo-compulsivo de manual. Además de una serie de carencias emocionales que hacen de ella un intento de adulto peculiar.

Y entonces, ¿por qué me gusta? Porque a la hora de componer personajes, dan mucho más juego aquellos que no siguen el camino recto. Que se saltan los protocolos, que dicen lo que piensan. Que actúan de acuerdo con lo que sienten.

¿Qué hago yo con alguien que no sale de su zona de confort? ¿Qué no arriesga? ¿Qué no sale del cobijo de los suyos? Oye, que es una forma de vida respetable, pero desde un punto sociológico o literario, no me interesan.

¿Por qué nos gusta tanto el personaje de Sheldom Cooper, en Big Bang Theory? Sheldom padece un síndrome de Asperger, tiene cierta gracia que lo que nos gusta en televisión, lo arrinconamos en la vida real, pero ese es otro tema.

Nos divierte la particularidad de su personalidad, en este caso, debido a otro trastorno mental. Realmente nos gusta que se comporte sin filtro social. Eliminando de su comportamiento lo políticamente correcto. Y eso nos gusta porque no podemos hacerlo. A quién no le gustaría llegar una mañana al trabajo y decirle al jefe: «Eres un inútil con suerte, que tiene el puesto por una alineación extraña de los planetas y no por méritos propios» (se me ocurren otras cosas peores, pero no quiero estropear el texto). Y un montón de ejemplos más, con compañeros, amigos, padres, parejas o la cajera del supermercado. A veces el corset social nos aprieta y es en ese momento en el que nos encantaría ser Hannah o Sheldom. ¿No?

Bueno, veréis. No es tan divertido. Ser brutalmente honesto conlleva la soledad asegurada. No estamos preparados para escuchar ciertas verdades, nos es incómodo tener a alguien cerca que esté continuamente recalcando lo que hacemos mal. Así que mejor lo dejamos para los personajes de ficción, y seguimos tratando de encajar en sociedad. Porque la única forma de salir indemnes del desastre que nos rodea es con amor. El amor de los nuestros, de los amigos, de tu pareja. De tus hijos.

Ahora he empezado a ver una nueva serie, se llama Casual. Cargadita de traumas infantiles como a mí me gusta. Padres poliamorosos y un tanto promiscuos educando hijos sin ningún tabú. Este tema sí que tiene miga. Padres que con la mejor intención destrozan personalidades. Para terminar una frase de la serie que me gustó mucho:

«Los hijos se pasan la mitad de su vida esperando que sus padres les pidan perdón, y los padres se pasan la mitad de la suya esperando que los hijos les den las gracias».

Confidencias




—Tengo algo muy importante que contarte.
—¿Sí?
—Ayer me escondí debajo de la mesa de la cocina.
—¿Ayer? Creo que eso ha sido hace un rato, Laura.
—Da igual, déjame hablar. Yo soy la mayor, y te digo que fue ayer.
—¡Somos iguales!
—No, papá dice que yo llegué antes.
—¿Llegaste de dónde?
—¡Paula! ¡No lo sé! De dónde lleguen los niños. No me marees. ¿Quieres que te lo cuente o no?
—Cuenta.
—Escuché a mamá y a papá. Parece ser que han encargado a otro niño y vendrá dentro de unos días o meses. No me he enterado muy bien.
—¡Oh! ¿Otro niño? Y ¿para qué quieren otro niño? Ya estamos nosotras. Yo no quiero más niños. Tendremos que darle nuestros juguetes. ¡No quiero!
—Pero Paula, podremos hacer como la vecina con su perro. Que ha conseguido que le lleve el periódico. Haremos que nos recoja la habitación.
—¡Oh, sí! Qué buena idea. Y podremos meterlo en el carrito. ¿Será un bebé? O será un niño grande. ¿Y dónde habrán ido a encargarlo? A lo mejor lo han comprado en el El Corte Inglés...