Caminar

Autor: desconocido.


Tras el paso del tiempo, del curativo y poderoso tiempo, pude de nuevo empezar a caminar. Primero fue algo sencillo, me calcé las zapatillas, anudé los cordones como ella me había enseñado. Junté ambos pies y cerré los ojos. La inercia me llevó a levantar primero el pie derecho. Y así, uno y después el otro, y vuelta a empezar. Repetí los movimientos al compás de mi estrenado corazón recompuesto y conseguí llegar a la siguiente parada del camino.

Sigo caminando, a veces necesito parar, coger aire y llorar. Lloro por todo lo perdido, por lo que no será jamás. No hay que empeñarse, hay que aceptar. Tan solo eso. Aprieto la mandíbula y me vuelvo a levantar.

«Caminante, no hay camino...»

Retazos de una decepción

                                                                                     Imagen: Lorena Cosba


Se llamaba Manuel. Regentaba un bar en un pequeño pueblo del Valle de Arán. Era un bar tranquilo donde los senderistas cargaban las pilas para después continuar con sus rutas. Nos enamoramos en el año 1998. Fui una de esas senderistas que, por casualidad, entró en el Oasis de Manuel. Un segundo, solo bastó un segundo. Esa clase de conexiones son inmediatas; miras, salta una chispa, vuelves a mirar y te deseas sin control, ni medida.

Abandoné mi trabajo, mi casa y a la familia. Mi tierra natal y la poca cordura que tenía, para regentar junto a Manuel su pequeño Oasis.

Diez años después se abrió la puerta del bar y entró una mujer joven, llena de energía y de luz. En ese instante, en el que sus miradas se cruzaron, fui testigo de la chispa. Sin trabajo, ni vivienda y casi sin ahorros abandoné el precioso Valle de Arán.

He buscado ayuda y los pasos han sido claros:

"Una caja, un material frío y duro que no sea permeable. Una goma de borrar y una foto de cómo era el susodicho cuando le conociste. Borrar, borrar, quemar, aplastar y enterrar en un hoyo profundo".

Sueños insomnes

                                                                                              Imagen: Erik Johansson


Soñé con ser escritor desde que mi tía Gertrudis me regaló un ejemplar de Alicia en el país de las maravillas. Gertru vivía en Inglaterra, se casó con un señor de buena familia que llegó a ser embajador en Londres. Venían todos los veranos a la Costa Brava donde la abuela tenía una casita de veraneo. Gertru conducía un viejo y oxidado Volvo con el volante al lado contrario, le gustaba pisar el acelerador más de lo recomendable y la conocían en el pueblo como: la señora con cara de velocidad en el coche sin volante.

A ella le debo mi pasión por la lectura y mi primer best seller. Fue la protagonista de mi ópera prima aunque ella no pudo disfrutar del éxito que había causado su historia. Lo peor fue que no conseguí escribir nada decente después. Finito, mi carrera como escritor fue efímera y detestable. Me fundí las ganancias en cuatro días y lo perdí todo.

El día que tomé la decisión de terminar con mi miserable existencia, me encontré un trozo de pastel en la puerta de casa con una nota que ponía: cómeme.

Comí y me desmayé, al despertar aparecí en la puerta de Gertrudis que me llamaba desde la cocina, con su voz chillona y ese acento inglés que conseguía que la alegría me inundara el pecho nada más oírla...

Rutinas

                                                                                             We heart it

La misma calle de siempre. El bullicio, el humo que salía del tubo de escape de los coches parados en el semáforo. La cafetería de José Manuel llena hasta los topes de vecinos ansiosos por su dosis de cafeína diaria. El cielo gris de febrero. El columpio oxidado con su constante chirrido, mecido por el viento.

Rosa, la afable Rosa, colocando los pocos periódicos que todavía vendía en el kiosko. La misma estampa de todos los días. El mismo camino hacia la boca del metro. Los mismos gestos en diferentes rostros. Bostezos, caídas de párpados. Miradas furtivas estudiando gestos ajenos.

Todo era igual. La oficina, el tedioso ruido de la tarjeta al fichar en el torno de la entrada. Las agujas del reloj ralentizándose a medida que avanzaba la jornada. La tartera girando dentro del microondas, las sonrisas cómplices, los saludos. Las conversaciones trilladas.

Todo conservaba su funesta cotidianidad. Preguntas por cortesía que yo respondía con evasivas. O directamente con mentiras descaradas: «Todo bien » «Hoy toca cine » «El fin de semana genial»
 
Solo un ligero cambio delataba mi falsa normalidad. La velocidad a la que salía de allí...

Ya no había cálidos recibimientos. Ni sorpresas en la puerta. El olor de tu perfume se había disipado por completo. No había prisa por llegar al que fuera nuestro hogar, ahora vacío.

El camino de vuelta se convirtió en la subida a uno de los ochomiles. Ni la sonrisa de Rosa conseguía aliviar mi desazón. Habías decidido de un día para otro llenar con tu aroma otras estancias. Otras sábanas. Seguías haciendo la llamada de los viernes a la pizzería, pero el pedido había cambiado de dirección.

Me sentaba a oscuras, incapaz de asumir tu ausencia.

Hasta que la velocidad se reanudó.