Etapas

Imagen: Jules et Jim. (Henri-Pierre Roché).


Corríamos. Solo sé que corríamos sin necesidad de correr. No huíamos, no nos perseguían. Ni siquiera eran malos tiempos. Corríamos tan solo movidos por las ganas de correr. Entregados al querer. Querer llegar, querer reír, querer exprimir cada minuto de vida.

Sabíamos que sería la última vez que correríamos los tres. Los caminos se separan en el momento que deben separarse. John volvía a Irlanda, Steve preparaba las maletas rumbo a Berkley. Y yo...
Yo había decidido no acompañarle. No vivir su sueño. Algunos me preguntaban cómo era capaz de dejar pasar el amor. Como si el amor fuera algo perecedero. Único. “¿Y si es el hombre de tu vida?” Me decían mis amigas. A lo que yo respondía:
Si es el hombre de mi vida, retornará a ella. Me debo a la mujer que habito.

“Estás tonta”, “es el hombre perfecto”...

Perfecta es esta edad que tengo y que no volverá. Perfectas son las oportunidades que por otros, dejamos pasar.

El joven del río

                                                                              Imagen: Kyle Thompson.



Aquel joven sufría de debate interior, eso era más que evidente, si te tomabas los dos segundos que se tarda en mirar a otro y entender lo que le pasa. Dudé si acercarme, al fin y al cabo, es bien sabido que cuando alguien busca el olvido, es mejor concedérselo. Pero soy de naturaleza auxiliadora. Me gusta ayudar, al menos a la gente desconocida. A los que conozco bien, suelo dejarles a sus cosas. La gente tiende a cruzar líneas que no se deben cruzar. Te hacen pagar deudas que no te corresponden. Pero volvamos al caso que nos ocupa. Aquel joven estaba a punto de cometer una estupidez o ya la había cometido. Estaba quieto, cabizbajo, con una mano se sujetaba la cabeza, pero no la sostenía, trataba de comunicarse con su conciencia. Había perdido los zapatos, seguramente se los había llevado la corriente del riachuelo donde descansaba al lado de una pila de maletas viejas. Espeluznante es un adjetivo que le concede a la escena un tinte de dramatismo, que la escena en sí no poseía. No, espeluznante, no. Era inquietante, dejaba una buena ristra de interrogantes flotando en el aire. No pude resistirme. Llamé a Botón, mi fiel compañero, que en ese momento buscaba alguna madriguera y me acerqué al joven.
    —Buenas tardes, chico, parece que va a llover...
    Preguntar por su ausencia de calzado hubiese sido descortés. Peor, preguntar por el contenido de las maletas. Hablar del tiempo. Siempre es cordial hablar del tiempo.
    El joven levantó la mirada, me vio por primera vez y se asustó. Tanto que salió corriendo. Botón ladraba. No suelo entender sus ladridos, pero el tono era enfurecido. Será ingrato, seguro que ladraba Botón.

    Debí marcharme, pero no hubiera podido dormir pensando qué contenían las viejas maletas. La primera estaba vacía, salvo por una foto del joven con una mujer. Ambos sonreían. En la segunda reposaban unos zapatos de caballero. En la tercera... un vestido de mujer. La cuarta hizo que cayera sobre mi trasero del espanto. En ella había dos manos, entrelazadas, sesgadas a la altura de las muñecas...

    Corrí. Corría tan rápido que en vez de llevar a Botón a mi lado, corriendo con la correa, el pobre iba volando por el aire, incapaz de posar las patas en el suelo. Fui derecho al cuartel. Al principio el guardia que escuchaba mi relato atropellado me miraba con lástima, como normalmente se mira a las personas ancianas. El “batallitas” debía pensar el hombre al oírme relatar el esperpento de escena que acababa de vivir. No encontraron rastro de las maletas, ni del joven.

    Desde ese día han sucedido dos cosas: no he vuelto a salir a pasear por el río y los vecinos me rehuyen, dando por hecho que la edad me está friendo el cerebro. Menos mal que tú estás conmigo, Botón. Menos mal, que hablamos y tú sabes perfectamente que es verdad lo que digo.

Lo que tú no sabes

                                                                                       Imagen: Josh Kern.


Hace poco navegando me topé con esta foto. Somos tú y yo, ¿recuerdas? Alguien sacó su teléfono y nos inmortalizó para siempre. Bueno, inmortalizó el momento, no a nosotros. Nosotros dejamos de ser en ese mismo instante. Ya no hubo más nosotros. Porque a veces amar significa dejarse. Querernos suponía renunciar a nuestros sueños, y por tanto, a nosotros mismos.

Aquí, sentada delante de la pantalla, te escribo como si pudieras leerme; te hablo como si pudieras escuchar lo que digo. Pero no, no hemos vuelto a retomar caminos. No nos hemos buscado, no hemos mezclado tiempos, porque ya no tiene sentido.

Guardo la foto, cierro el ordenador y vuelvo a mi vida actual. Porque como con todo, cariño, quererse depende del lugar, del tiempo, de la edad. Las circunstancias y los añadidos. Yo nunca dejé de quererte, aunque ahora seamos desconocidos.

Empuja que llega



Empuja que llega

Esta es la historia que quiero contar, no sé si será buena o interesante. Quizá no quieras seguir leyendo: no importa. Es la que fue y así se ha de contar.

Habla de un símbolo que anuncia la buena esperanza. Un cuerpo que cambia, que sirve de cuna, refugio, alimento de un nuevo ser. Semana a semana se forma. Los dedos, los ojos, la piel. Un corazón que late, una pequeña semilla que crece, se mueve, todo va bien.

Pocos días en el calendario para culminar el proceso de espera. Ilusión, ganas, felicidad inmensa. Una revisión rutinaria, un gesto extraño. Un sonido que no llega. No te preocupes, no será nada, ve al hospital, tranquila, que allí te confirmarán: que todo está en regla.

No, la historia no es halagüeña. El ecógrafo confirma las peores sospechas. El corazón se paró, comienza la pena. El dolor más grande. La condena. Duelo en el parto. Empuja que llega. Besa su rostro. Es una niña perfecta. Parece que duerme, la abrazas, te aferras. Lloras, gritas y mueres de pena. Toca despedirse, se la llevan.

Llegas a casa, reina el silencio. Sangra la herida, leche en los senos. Cuarentena de brazos vacíos y extrema tristeza.

Pasa el tiempo, sonríes sin ganas. Aprendes a vivir en un mundo que daña. Rodeada de madres con hijos, mujeres embarazadas.
Rabias y preguntas por qué tú no puedes cantar nanas. Te llenas de fuerza, reúnes el valor y vuelves a intentarlo. Superas miedos, noches en vela, hasta que en el paritario un llanto te llena. Te hace feliz, calma la pena.

Pero jamás olvidas a tu pequeña, la llevas contigo, está en las estrellas. Vives en eterno duelo, aunque nadie lo entienda.

María Gallego.
#historiasdesuperación