Los planes de Carol - 2


Manu había decidido estudiar las posibilidades con las que contaba. Debía elegir a una de las compañeras con las que desayunaba Carol para que fuera su cómplice. Por fin había descubierto su nombre.
 
      «Carol, hija, cada día estás más sosa» le había dicho una de ellas. Comentario que la descartaba de forma automática para el plan. Realmente, si se ponía a pensarlo con objetividad tenía que descartarlas a todas. Algo había observado cuando coincidía con ellas en el desayuno que no acababa de gustarle. No era un ambiente distendido o agradable, ella estaba incómoda.

      No le quedaría más remedio que acercarse a ella de manera convencional, esperarla a la salida del trabajo e invitarla a tomar un café.
Sentado en el despacho, distraído con sus pensamientos escuchó la puerta de la calle, pero no se preocupó por mirar quien era. Elena, su empleada se haría cargo.
      Cuando levantó la vista la vio, sentada en la mesa de Elena sonreía de manera educada. Era Carol, su Carol. «¿Tuya?» Se rio solo por la estupidez de su propio comentario y salió del despacho.

      —Buenos días.
      —Buenos días —contestó ella.
      —Pasa, que te atiendo en mi despacho.
      —No hace falta, gracias. Ya me están atendiendo.
      —Lo siento, pero Elena tiene que salir ahora mismo a hacer un recado y no puede atenderte —. Elena le interrogó con los ojos, aunque debió intuir que se trataba de la mujer de la que no dejaba de hablar desde que se habían mudado a ese local. Se levantó, cogió el bolso y se disculpó con ella. Le echó una última mirada a su jefe que significaba que después tendría que darle alguna explicación.

       Carol se levantó y pasó a su despacho. Manu le ofreció la mano y se presentó. Ella devolvió el gesto. Justo en el momento que sus manos se rozaron, él sintió ganas de atraerla hacia sí y besarla. Pero pudo controlarse.
      —Bueno, cuéntame. ¿En qué podemos ayudarte? —le dijo poniéndole su mirada más seductora.

       Carol se quedó mirándole extrañada. No entendía qué acababa de ocurrir, pero aquel hombre guapo la miraba de una forma tan intensa que le era imposible aguantar su mirada. Quizá en otro tiempo, le hubiera seguido el juego, pero ahora se sentía incapaz. No se reconocía, era como si hubiese perdido toda su esencia, su fuerza, su valor. Aunque no entendía el porqué. Librarse del patán del padre de su hijo no le había supuesto ningún duelo. No tenía el corazón roto. Era la soledad la que la estaba consumiendo. Estaba convencida de que a su edad no conseguiría rehacer su vida e imaginarse todas las noches sentada en el sofá viendo la televisión sola la tenía hundida. De repente se dio cuenta de que se había quedado absorta en sus divagaciones con Manu delante. Levantó la vista y sus ojos se encontraron con los ojos de Manu que la miraban fijamente. Él sonreía con una sonrisa plácida.

     —No sé dónde acabas de viajar, pero el viaje que tengo que proponerte te aseguro que será infinitamente más interesante —dijo bajando el tono de la voz. Carol sintió un escalofrío. No podía dejar de mirarle. Se quedó atontada mirando los labios carnosos de Manu que la sonreían con una sonrisa perfecta. La camisa le quedaba ceñida y ajustada a unos brazos musculosos tan perfectos como la sonrisa. No podía estar pasando. Seguro que malinterpretaba las señales. Aquel hombre no podía estar coqueteando con ella de manera tan descarada.

    —Tengo un hijo —fue lo único que se le ocurrió decir. Se puso roja como un tomate y bajo la mirada sabiendo a ciencia cierta, el ridículo espantoso que estaba haciendo.

     Él sonrió, aquella mujer adorable y muerta de la vergüenza le estaba causando mucha ternura.

     —Yo también. Bueno una hija. Chloé se llama. Mi ex mujer es francesa.
     —Es un nombre muy bonito. El mío se llama Juan, por su abuelo. No es tan exótico —.  «¿Pero, qué te está pasando?».
     —Muy bonito también. Bueno dime, ¿quieres hacer puenting, rafting, escalada, surf?
     —¿Eh?, no no. Quería hacer una escapada rural.
     —Perfecto. Tenemos varios paquetes multiaventura en la montaña.
     —¿Multiaventura? Pero yo había pensado en algo más sosegado, tipo retiro espiritual. Spa, paseos al atardecer.
     —No has mirado el letrero de la puerta antes de entrar, ¿verdad? —dijo Manu.
     —Es una agencia de viajes, ¿no?
     —Sí y no. Estamos especializados en viajes de aventuras. Deportes de riesgo, esas cosas.
     —Vaya —dijo Carol al tiempo que se levantaba —lamento haberte hecho perder tu tiempo.
     —Espera, espera. Algo podremos hacer. Verás, sé que no es lo mismo, pero si lo que quieres es escapar de la ciudad unos días, el viernes por la tarde bajo a Tarifa. Allí tengo una casa preciosa cerca de la playa. Vamos a quedar un grupo de amigos para hacer surf, alguna barbacoa y poco más. Algo tranquilo, podrás bañarte en el mar. Es gente sana y agradable. Va a haber niños, puedes traerte al tuyo.

     Carol se quedó con la boca abierta. Fin de semana en la playa rodeada de surferos. ¿Le apetecía? ¡Por dios! ¡Claro! Se iría ahora mismo. Pero, ¿no era un abuso? Acababa de conocerle. No parecía un tipo peligroso. ¿Qué hacía? ¡Quiero ir! ¡Quiero ir! ¡Quiero ir! Le gritaba una y otra vez su chillona y desagradable voz interior.

     —¿Estás pensándolo? O es que te va a dar un ictus. Se te ha torcido un poco la boca.
     —¿Eh? ¡Ah! Sí, perdona. Estaba pensando, discúlpame. Es un plan muy tentador. El fin de semana que viene mi hijo está con su padre, entre quedarme sola viendo la tele o irme a la playa contigo, que desde luego estás muy pero que muy bien, pues no debería producirme ninguna duda, pero claro, no te conozco de nada. Me parece un poco abuso meterme en tu casa. No tienes pinta de violador asesino, pero, aún así, me da algo de corte.

      Manu no pudo reprimir la risa. Carol parloteaba sin parar, como si el grifo de palabras y pensamientos se le hubiera abierto de golpe. Ella se dio cuenta y se quedó callada.
      —Lo siento —alcanzó a decir.
      —Tranquila, me gusta la gente que se atreve a decir lo que piensa. Entiendo tus preocupaciones, pero si te lo ofrezco es porque de verdad quiero que vengas. Puede ser muy divertido. Atrévete mujer. Te dejo mi teléfono, piénsalo y dime algo antes del viernes.

      Carol cogió la tarjeta, se despidieron y volvió a la oficina. Tenía la sensación de ir flotando mientras caminaba. La sonrisa tonta de su cara la delataba. Algo había pasado, nada más entrar las compañeras saltaron a su encuentro como aves carroñeras, menos mal que ya habían cerrado la atención al público, hubieran sido capaces de dejar a la gente plantada en las mesas.

      —¿Qué ha pasado?
      —¿Le has visto?
      —¿Es simpático?
      —Al final, ¿dónde te vas? ¡Has tardado mucho!
      Las preguntas volaban a su alrededor.
      —Me ha atendido una chica muy amable. Me ha dado unos folletos y tengo que pensar dónde voy. Quizá a hacer puenting. Tengo que terminar unas cosas, lo siento chicas ya he perdido mucho tiempo.

       Se dio media vuelta, caminó hasta su mesa alegrándose de haber cogido los folletos al salir e imaginándose con Manu sentada en una hoguera playera como en las películas americanas.

       «¿Iría? Qué pregunta más tonta Carol, qué pregunta...»

Los planes de Carol - Primera parte



Carol soñaba despierta, algunas noches cuando estaba metida en la cama justo antes de dormir, imaginaba que saltaba a un escenario donde la esperaban setenta mil personas que gritaban y coreaban su nombre. Soñaba que era una gran diva del pop. Nunca se había atrevido a contárselo a nadie, con ocho años podía causar ternura, pero con más de cuarenta era bastante patético. Ni siquiera tenía una gran voz, pero ella sabía que en su interior habitaba una diva.

     Cuando era adolescente tenía la idea absurda de que su vida sería emocionante, se sentía especial, diferente. Pero los años fueron apagando sus anhelos, hasta convertirlos en algo común con el resto de personas que la rodeaban. Tras un par de rupturas amorosas, llegando a los treinta, el único anhelo que de verdad tenía era convertirse en madre. Ansiaba tener un bebé. Después de estudiar un módulo de administración, opositó para un puesto de trabajo en la Seguridad Social. Algo seguro que le ocupara poco tiempo hasta que llegara ese guiño del destino. Quizá ya no sería cantante, pero podría casarse con uno. Un tipo carismático con una carrera de ensueño que se enamoraría perdidamente de ella y la llevaría de gira por todo el mundo. Ella solo se dedicaría a subir fotos a Instagram y dar envidia de lo increíble que era su vida.

      Pero ese sueño nocturno tampoco se cumplió. Aprobó las oposiciones y entró a trabajar en la oficina número 13 del Instituto Nacional de la Seguridad Social en la calle de Cedaceros de Madrid. Lejos de sentir alegría, pensó que ese número trece era un mal presagio y que además le había tocado el centro de Madrid, en vez de un barrio tranquilo. Allí pasaron sus mañanas de varios años concediendo bajas por maternidad, pensiones a los jubilados y comprando a escote regalos a las compañeras que se casaban o anunciaban embarazos. Al menos conservaba sus andares de diva, sus tacones de siete centímetros y la talla 38 a base de machacarse en el gimnasio. Su lema era: "Moriré sola rodeada de gatos, pero fabulosa".

     Con treinta y cinco, deshojando días en el calendario intuía que se le acababa el tiempo. Necesitaba encontrar un candidato para ser madre. En la boda de una de sus compañeras de trabajo terminó enrollándose con un primo del novio. Algo más joven que ella, sin trabajo y que todavía vivía con sus padres. Un hombre sin futuro inmediato que cuando se enteró que estaba embarazada se coló en su casa cual ave de rapiña a vivir del cuento. Y qué por supuesto en sus planes no constaba ejercer de padre como tal, delegando a Carol todas las tareas que demandaba el bebé. Algo que no la importó en absoluto porque desde que nació su pequeño la vida se tornó maravillosa y no existía nada más.

     Hasta que ese rollizo y perfecto bebé mutó en un muchachito mal hablado y desobediente de cinco años. Harta de educar sola al pequeño y aguantar al gandul, se rebeló y le puso de patitas en la calle. Al gandul, claro. Organizada la custodia, se encontró con un montón de horas al mes para ella sola, tantas que no sabía qué hacer con ellas. Los desayunos en el trabajo de los lunes posteriores a un fin de semana sin hijo, se le antojaban insoportables.

     —Estuvimos de fin de semana rural, fue espectacular —decía la perfecta e insoportable Cecilia.
     —Nosotros fuimos a cenar a ese restaurante de moda del centro, después unas copas y el domingo barbacoa con unos amigos —comentaba Ruth, con ese aire de tengo un novio cañón que me envía flores al trabajo y os morís todas de envidia.
     —Nosotros llevamos a los niños al parque de atracciones. Fue un día familiar perfecto —contaba Carmen. Con ese tono de gallina clueca, madre de cuatro polluelos de pelo rubio perfecto.

      «Pues yo me he atiborrado de carbohidratos viendo series sin parar. Me he despertado en el sofá con el cuello torcido y el hilillo de baba colgando sobre el cojín. Me he bebido todo el
vino que había por la casa, incluido el de cocinar. Y he lamentado mi patética existencia».

     —El fin de semana genial, tengo que irme chicas, se me acumula el trabajo —. Y así terminaba su aportación al asunto.

      Uno de los sábados de vino y series no pudo más. Agarró el teléfono y se descargó una aplicación de citas. Al menos podría darle un gusto al cuerpo. Empezó a buscar candidatos. Buscaba hombres anuncio, modelos masculinos de portada de Vogue, ya que iba a ser algo físico, quería lo mejor.

      Descartados los hombres anuncio, porque no había ni uno.  Buscó hombres con cuerpos esculpidos en el gimnasio. Al tercero que vio enseñando abdominales en un espejo de cuerpo entero con la bolsa en la mano, se desencantó. Ese tipo de hombre se gusta demasiado, no iba ni a mirarla.
Pasó a buscar hombres de sonrisa amable, pero la mayoría rondaba los veintitantos años. Le quedaban los de más de cuarenta y casi todos eran del corte de sus compañeros de trabajo. Para eso no necesitaba una aplicación de móvil.

      Dejó de buscar y esperó intrigada por ver a qué tipo de hombre podría interesarle. El primer mensaje llegó a los diez minutos de publicar su anuncio.

       «Hola, eres muy guapa. ¿Qué buscas? Aquí hay muchas estrechas disfrazadas de valientes» Sintió repulsión y fue a buscar otra copa de vino. Encendió la tele al tiempo que desinstalaba la aplicación del móvil.


Manu también soñaba despierto. Llevaba exactamente una semana haciéndolo, pero en su caso era por las noches, por las mañanas y cada vez que veía salir o entrar a Carol por la puerta de la oficina número trece de la Seguridad Social.

    Manu era el dueño de una agencia de viajes en la acera de enfrente. Un local diferente, dirigido a los amantes de los deportes de aventura, el surf y los viajes menos convencionales. Conservaba ese aspecto juvenil de surfero asiduo a las playas de Tarifa, a pesar de ser un responsable y separado padre de una adolescente.

      El día de la inauguración entró a desayunar en el bar que había justo al lado. Fue la primera vez que la vio. Sentada con varias personas permanecía ajena a su alrededor. Tenía la mirada perdida a través del cristal de la ventana. Era evidente que miraba más allá de la calle, del tráfico o del caminar de la gente. Sonreía de manera forzada, tratando de guardar una apariencia de serenidad. Manu captó su desasosiego, debía conocerla. Tenía que conseguir que esa mujer sonriera de verdad. Pero, ¿cómo? Ella ni había reparado en su existencia.

      Había que trazar un plan, no quería el típico intercambio de teléfonos para invitarla a cenar y conocerse. Debía ser algo más impactante. Necesitaba un cómplice, alguien de su trabajo. Manu lo ignoraba, pero aquella primera vez que vio a Carol, fue el objeto de conversación a lo largo de la mañana en la oficina.

      —¿Habéis visto a ese tío que estaba en la barra? ¿el del moreno playero? —dijo una de ellas.
      —Yo he visto como entraba en la agencia de viajes nueva. ¡Ay! yo me iba de viaje con él donde quisiera —parloteaba otra.
      —Le he pillado un par de veces mirando a nuestra mesa. Porque tengo marido que si no... —afirmó Carmen con cara de lujuria.
      —Sí, seguro que querría irse de viaje contigo y tus cuatro vástagos —se burló Ruth mientras Carmen le ponía mala cara. Carol permaneció ajena a la conversación y volvió a su mesa.

      Los días fueron pasando, en los desayunos ya no hablaban de otra cosa que no fuera el misterioso hombre con pinta de surfero que desayunaba en el mismo bar. Empezaba a cogerle manía y eso que ni siquiera había reparado en su aspecto. Le daba vergüenza mirarle delante de la panda de arpías que tenía por compañeras y que estaban convencidas de que una de ellas le gustaba.

     Los fines de semana con el niño pasaban rapidísimo, agradecía tenerlos, permanecía distraída sin tiempo para pensar. De nuevo era lunes, pronto llegaría el fin de semana sin su pequeño. Algo tenía que hacer para distraerse, quizá algún curso. La relación con el gandul cada vez era peor, todo eran pegas con el niño. El trabajo cada día se le hacía más asfixiante y la falta de planes estaba consiguiendo sumirla en una permanente tristeza. De repente unas palabras rebotaron en su cabeza: «Agencia de Viajes» ¿Por qué no? Podría planear una escapada para ella sola. Desconectar, hacer algo diferente. Decidido, iría a la Agencia de viajes ese mismo día.

La maleta II

                                                                                  Imagen: Rosa Martinez.


(Este es el desenlace del relato que encontrarás aquí)


Cuando llegué a casa continuaba temblando. ¿Cómo era posible? ¿Había perdido el juicio? Respiré despacio tratando de tranquilizarme. Debía haber una explicación racional y tenía que encontrarla.
Busqué en las pertenencias que conservaba de mi padre, no encontré nada. De haberlo sabido mi padre no hubiera dejado allí abandonada a la muñeca. ¿O tal vez sí?
Debía volver a la casa. Pero solo con pensarlo me estremecía de miedo.

      Pasaron los días, me volqué en la rutina disfrazándola de falsa normalidad. En el trabajo no conseguía concentrarme y por las noches tenía pesadillas en las que aparecía la muñeca, me suplicaba que fuera a buscarla mientras lloraba desconsoladamente. No pude soportarlo. Reuní el valor y fui de nuevo al pueblo. Al llegar, bajé del coche y me quedé contemplando la casa. La misma que me llenaba de recuerdos agridulces.

      Entré y fui directa al armario. Cogí la maleta sin abrirla y salí corriendo de nuevo hacia el coche. Tuve la idea absurda de que quizá el embrujo estaba dentro de aquellas cuatro paredes. Quizá si sacaba la muñeca de la casa se convertiría en una muñeca sin más.

      Al llegar a casa, dejé la maleta encima de la mesa y dudé por un instante. Podía guardarla en el trastero sin abrirla. Con el tiempo seguro que me olvidaría de ella. Fue entonces cuando escuché el llanto desconsolado, como en las pesadillas. Sentí una profunda tristeza al escuchar sus sollozos dentro de la maleta.

     Me acerqué y la abrí.
     —¡Has vuelto! —me dijo entre lágrimas.
     —Lamento haberte dejado allí. Sentí mucho miedo al ver cómo hablabas.
     —¿Doy miedo? Solo soy una niña. Me llamo Rocío.
     —Hola Rocío. Yo me llamo Ana. Podrías hablarme de ti. ¿Cuándo conociste a mi abuelo? —La tristeza de la muñeca había conseguido serenarme.
     —¿De verás no sabes quién soy? —me preguntó la muñeca con sus intensos ojos negros mirándome fijamente.
     —No cielo. Lo siento.
     —Me llamo Rocío Sanz del Castillo. Nací en 1935. Tu abuelo era mi padre. A los siete años me puse muy malita. El médico les dijo a mis padres que iba a morir. Una noche sentí que ya no tenía fuerzas y me dormí. Cuando desperté tenía este cuerpo. A los cuatro años nació otro niño, pero nunca me dejaron verlo. Madre ya no jugaba conmigo. Me olvidó y solo me cuidaba padre. Creo que padre no quiso a ese niño.
    —Ese niño era mi padre —. Dije en alto, incapaz de asimilar las palabras que acababa de escuchar. ¿Cómo? ¿Cómo mi abuelo había podido conservar el alma de su hija moribunda? Era imposible y sin embargo allí estaba la muñeca hablando y moviéndose.
    —Busca. En uno de los bolsillos de la maleta hay un cuaderno para ti. La otra vez te fuiste tan rápido que no pude dártelo —dijo la muñeca.

    Mientras buscaba, otro de los muñecos se movió.
    —No te asustes —dijo Rocío—ellos no hablan. Me los hizo padre para que no me sintiera sola, pero son solo muñecos. No son niños como yo.

    Sentí un escalofrío. La pobre se creía que era una niña de verdad. Tantos años encerrada conservando su alma, su ser. Sufriendo sin recibir atención o cariño. Maldije a mi abuelo. Perder a un hijo debía ser algo terrible, pero tenerlo encerrado era mucho peor. De una crueldad inimaginable.

    Encontré el cuaderno. En la primera página había una carta para mí.

         «Hola Ana,

Te escribo estas líneas envuelto por un dolor con el que llevo cargando demasiado tiempo. Lamento tanto haberme aferrado a ella. Conseguí algo que parecía imposible, pero he pagado un alto precio por ello. Perdiendo el amor de mi esposa, de mi querido hijo y el tuyo. Tuve la oportunidad de sanar su pérdida, pero elegí un camino equivocado. Mi mujer, tu abuela, siempre creyó que ella era fruto de un acto endemoniado y no quiso volver a verla.

Te estarás preguntando cómo logré hacerlo. Está todo anotado, también la forma de acabar con ella. Es algo que yo no he sido capaz, tu padre tampoco quiso saber nada, me tomó por un loco y se fue distanciando de mí, hasta que entre nosotros quedó un abismo insalvable.

Sé que no es justo cargarte a ti este peso tan grande. Pero ella es una víctima inocente de toda esta locura. Hay un chamán al que debes buscar, si él ya no pudiera ayudarte, busca en su tribu. El viaje es largo, pero te ayudaran a sacar todo el poder que tienes dentro para acabar con ella o vivirá encerrada para siempre.

Me hubiera gustado mucho haber sido el abuelo que nunca fui.

Siempre te querré.»

    Miré a Rocío sintiendo una punzada de dolor. No tenía el valor suficiente para terminar con su existencia. Toda la familia rota por una mala decisión, por querer conservar algo contra natura. Quizá podría ir a ver al chamán, pero no para acabar con ella. Quizá había alguna manera de arreglarlo, de concederle la vida que le habían arrebatado. ¿Qué sería de ella cuando yo no estuviera?...


    Han pasado ocho años desde que me llevé la maleta a casa. Tiempo que he necesitado para apartarme de todo lo conocido hasta ese momento. Tiempo necesario para asimilar los acontecimientos. Hoy por fin reúno el valor para poder contarlo. Viajé con Rocío en busca de respuestas. Logré vender las tierras de los abuelos y con ello pude costear el viaje. Recorrimos parte de África buscando la tribu del chamán. Fueron días oscuros en los que me sentí perdida. Me arrepentía una y otra vez por haber abandonado mi vida. Aquello era una locura.

    Después de todo tipo de contratiempos logramos encontrar la tribu. Sorprendentemente el chamán vivía. Recordaba a mi abuelo y a la pequeña Rocío. Hablaba varios idiomas, entre ellos el mío. Todo un personaje extraño. Nos obligó a vivir con ellos un tiempo. Me acostumbré a la aldea, a su ritmo de vida. Su jovialidad, su manera sencilla de resolver los conflictos. También me acostumbré a Rocío, dejé de verla como un objeto raro y animado. Hablaba y se comportaba como una dulce niña de siete años. Deseosa de aprender y recibir cariño. Una noche dos hombres de la aldea vinieron a buscarme. Me llevaron ante el chamán. Tenía los ojos negros, no se veía ni un ápice del blanco del globo ocular. Se me heló la sangre. Su aspecto daba verdadero miedo.

      «Ha llegado el momento», dijo.

    Me obligaron a beber un brebaje y a tumbarme en el suelo. Aparecieron sombras a mi alrededor que emitían un murmullo, una especie de letanía, de rezo. Lo siguiente que recuerdo fue despertar en un banco del aeropuerto de Lagos, en Nigeria. Tenía un billete en la mano con destino a Londres y una nota en la mano que ponía en un perfecto castellano:

       «No vuelvas jamás, cuídate. Sana y olvida»

    No había rastro de la maleta, ni de Rocío. Una tristeza me embargó por completo. ¿Qué le habrían hecho?

    Volví a casa. Me encerré durante una semana. No quería saber nada del mundo exterior. Los remordimientos me devoraban la conciencia. No debí llevarla. La echaba tanto de menos. Había perdido el trabajo por no incorporarme después de los días de permiso, la casa, el barrio, los rostros conocidos me angustiaban. Vendí todas las propiedades y los muebles. Cambié de país. Rompí con todo lo conocido. Encontré un trabajo como profesora de español y me establecí en un pequeño pueblo cerca de Estocolmo. Tan solo habían pasado tres meses desde mi regreso de África. Todo había sido milagrosamente sencillo. Como si el destino me guiara hacia el lugar donde tenía que ir. La venta de la casa de mi padre, la mía. El trabajo en Suecia.

    Todo había sucedido tan rápido que no me di cuenta de que mi cuerpo sufría cambios. Empecé a encontrarme mal de repente y acudí al médico. Me hicieron varias pruebas, me puse en lo peor. Quizá había contraído alguna enfermedad en África.

     —Enhorabuena —dijo el doctor —Está usted embarazada.

    Enmudecí del asombro. Llevaba más de un año sin tener relaciones después de una ruptura dolorosa. Cuando el médico me preguntó por el último periodo e hizo los cálculos del tiempo de gestación, palidecí.

    Volví a casa convencida de que nacería un bebe negro fruto de una violación mientras estuve inconsciente. ¿Qué otra explicación podía haber?

     Me sentía estúpida, a pesar de la forma tan horrible en la que había sucedido, sentía paz y felicidad. En ningún momento se me pasó por la cabeza interrumpir el embarazo. En mi interior reinaba una sensación de milagro. Tiempo después entendí el porqué.

    Seis meses después nació un bebé precioso y sano. Era una niña de tez blanca. Nada más verla lo supe. Era Rocío. El chamán le había concedido una segunda oportunidad y la tendría conmigo. Un regalo maravilloso que nos había hecho a ambas.

    Hace mucho tiempo que he dejado de buscar los porqués. Rocío tiene ocho años, es una niña feliz y risueña. Ella no es consciente de su pasado y yo no regreso a él en busca de respuestas.

    «Sana y olvida».

    A veces es tan sencillo como seguir caminando.




El viaje

                                                                                       Imagen: Constantina


"Sigue el camino de baldosas rojas hasta el final, encontrarás la puerta que buscas"

No dejaba de escuchar esas palabras en mi cabeza, tan solo habían pasado doce segundos desde que el señor mayor las había pronunciado. Yo no buscaba una puerta, en realidad vagaba desolada buscando consuelo. O paz, o lo que sea que curara un corazón solitario. Harta de la soledad y de ser invisible, había decidido desaparecer para siempre. Aunque no sabía cómo hacerlo. Quizá un billete de avión solo de ida a Australia. Nadie, absolutamente nadie me echaría de menos.

Lo extraño no era que el señor supiera mis motivaciones al caminar, lo inquietante es que ni siquiera le había preguntado. Muerta de curiosidad seguí sus indicaciones. El camino de baldosas terminaba en una escultura enorme de la que colgaban paraguas abiertos. Tres personas esperaban haciendo fila, mientras otra saltaba para coger uno de los paraguas.

De repente volví a ver al anciano a mi lado, sonreía y me señalaba la fila.
"Ve y espera tu turno".

Vacilé un segundo y me coloqué en la fila. ¿Qué tenía que perder? Justo en ese momento la persona que saltaba consiguió agarrar el mango del paraguas, este empezó a ascender y desaparecieron entre las nubes.

Los paraguas se movieron, giraban, cambiaban de posición. Como las fichas de dominó al barajarlas. El siguiente en la fila entró y comenzó a saltar para coger otro de los paraguas. La misma escena una y otra vez hasta que llegó mi turno.

La curiosidad se había apoderado de mí siendo más fuerte que el miedo. Cuando los paraguas pararon su movimiento salté lo más alto que pude. Conseguí llegar hasta uno de los paraguas y sentí una emoción desmedida. Una sensación de libertad y felicidad como nunca había sentido.

Me agarré fuerte al mango mientras el paraguas atravesaba un conjunto de nubes. Al cabo de unos minutos descendió hasta llegar al suelo. Un grupo de personas esperaban mi llegada. Me recibieron con sonrisas y abrazos. Estaba abrumada. No me conocían, pero me besaban y saludaban.

Me acompañaron hasta una pequeña casa de piedra. Uno de ellos me explicó que sería mi nuevo hogar. Podía escoger entre varios trabajos en la aldea: mecer a los bebés, escuchar a los abuelos o bailar con los jóvenes.  

"¿Estoy muerta?" Conseguí preguntar.
"Estabas muerta, pero en vida" fue la respuesta.