El tren



Son las cinco en punto, Tomás lee distraído la sección de deportes del periódico. Le cuesta concentrarse. Saca del bolsillo el reloj y comprueba la hora de nuevo. Son las cinco y cinco. Pasa la página, está incómodo. Levanta la mirada, el reloj de pared marca las cinco y seis. ¿Pero que sucede?

Entonces cae en la cuenta, es el silencio. Ese silencio hueco, sin ondas rebotando en objetos. Como si estuviera dentro de un agujero. Pero está sentado en su mesa de la estación, como ha hecho los últimos cuarenta años. Bueno, los últimos siete. Los anteriores ocupó las taquillas, el carro de limpieza, el quiosco.

Contempla orgulloso la placa encima de la mesa. Director, reza. Su madre estaría contenta, pero ya no está entre los vivos, hace años que cruzó. Partió en el tren de los etéreos. Así debe ser, es la selección, nadie la cuestiona. El día que llega, abres el buzón, y un sobre negro lacrado con un sello dorado, anuncia que tu camino en el mundo de los vivos ha finalizado. No puedes llevarte nada, salvo lo puesto y los montones de recuerdos que hayas podido almacenar.

Tomás sonríe, sus pensamientos han vuelto a divagar. Ya debería haber pasado el tren de las cinco y media con destino Barcelona, pero no lo ha escuchado llegar. Se levanta, camina hacia el andén. Mira a los lados, no hay nadie. Y eso es muy raro, porque es la Gran Estación Central y siempre hay alguien.

Entra de nuevo en el despacho, descuelga el teléfono, no hay línea. Abre el cajón de la mesa, y entre los papeles está el correo que cada mañana su secretaria le entrega. Su fiel Julia, que además de secretaria, tiene el cargo de esposa. Por elección y por la iglesia, desde hace diez años.

El pico de un sobre asoma, enterrado entre los demás. Tomás lo coge, lo mira y todo cobra sentido.

«Ay, Julia, amor mío»

La fecha del viaje ha vencido. Tendría que haberse ido hace dos semanas. Ahora tendrá que pagar la condena, no viajará en el tren de los etéreos. Vendrán a buscarle para llevarle a un sitio oscuro, donde cumplirá condena por disidencia. Nadie sabe con exactitud las penas que te hacen pasar.

«Ay, Julia que has hecho, solo debías dejarme marchar»