Empuja que llega



Empuja que llega

Esta es la historia que quiero contar, no sé si será buena o interesante. Quizá no quieras seguir leyendo: no importa. Es la que fue y así se ha de contar.

Habla de un símbolo que anuncia la buena esperanza. Un cuerpo que cambia, que sirve de cuna, refugio, alimento de un nuevo ser. Semana a semana se forma. Los dedos, los ojos, la piel. Un corazón que late, una pequeña semilla que crece, se mueve, todo va bien.

Pocos días en el calendario para culminar el proceso de espera. Ilusión, ganas, felicidad inmensa. Una revisión rutinaria, un gesto extraño. Un sonido que no llega. No te preocupes, no será nada, ve al hospital, tranquila, que allí te confirmarán: que todo está en regla.

No, la historia no es halagüeña. El ecógrafo confirma las peores sospechas. El corazón se paró, comienza la pena. El dolor más grande. La condena. Duelo en el parto. Empuja que llega. Besa su rostro. Es una niña perfecta. Parece que duerme, la abrazas, te aferras. Lloras, gritas y mueres de pena. Toca despedirse, se la llevan.

Llegas a casa, reina el silencio. Sangra la herida, leche en los senos. Cuarentena de brazos vacíos y extrema tristeza.

Pasa el tiempo, sonríes sin ganas. Aprendes a vivir en un mundo que daña. Rodeada de madres con hijos, mujeres embarazadas.
Rabias y preguntas por qué tú no puedes cantar nanas. Te llenas de fuerza, reúnes el valor y vuelves a intentarlo. Superas miedos, noches en vela, hasta que en el paritario un llanto te llena. Te hace feliz, calma la pena.

Pero jamás olvidas a tu pequeña, la llevas contigo, está en las estrellas. Vives en eterno duelo, aunque nadie lo entienda.

María Gallego.
#historiasdesuperación

Vidas que no he vivido



Fuera hace frío. No importa. Salgo para congelarme. Tengo la absurda idea de que el frío se llevará el dolor. Cambiaré las punzadas en la piel por las punzadas del corazón. La piel es más sensible, ¿no? El daño que me hace el frío cobrará el protagonismo debido y no notaré el daño que has hecho tú.

Enciendo un cigarrillo en una época en la que fumar está mal visto. Llorar por alguien, también. Pero yo no te lloro, nos lloro a ambos. A lo que pudimos haber sido.

Cada calada me quema por dentro, igual que la escena que ven mis ojos. Una pareja tras el cristal de una ventana en el edificio de enfrente. En la intimidad de un hogar. Ambos ríen mientras entrelazan las manos. Paradojas del maldito destino. No me tocó vivirlo contigo. Al menos, no el tiempo deseado. De repente y sin venir a cuento, él cambia el gesto. Ya no sonríe. Le ha dado una bofetada y la ha tirado al suelo. Ya no siento envidia, ahora siento miedo. Apago el cigarro y entro corriendo a por el teléfono. Él la arrastra por el pelo, ya no les veo. Llamo a la policía. Enciendo otro cigarro mientras tiemblo. Esta vez no es de frío, es de los nervios. Ya no te recuerdo, la temperatura no ha borrado el dolor, ha sido el dolor ajeno.

Mejor estar sola. Mejor con uno bueno.

El nombre del perro



¿Recuerdas el canto de los grillos? Inundaban el aire con su chillido. Tú les llamabas bichos repugnantes y yo te decía que les llamarás grillos porque bichos repugnantes sonaba muy despectivo. Me gustaba pintar las flores para darles más brillo. Sonreír a los extraños. Decorar los desatinos. “La vida no es tan bonita como la pintas”, me decías. Y yo sentía lástima por ti. De verás pensaba que el mundo era un lugar amable. Qué ilusa. Ya te encargaste de demostrar que en un segundo todo se puede volver oscuro. Y descrees. Y desdices. Si te daña quien te quiso, ¿dónde queda la esperanza?

El pasado no se queda en su lugar. Vuelve para recordarte que hay sucesos sin el cierre correcto.

Un día caminas por un parque de una ciudad separada por miles de kilómetros de todo lo conocido. Has construido una casa de cristal. Resistente y honesta. Sin zonas sombrías. Sonríes por dentro, has conseguido escapar. Recoges los frutos caídos de las ramas. El aire huele a almendros y a libertad. Se oyen risas que proclaman juegos. “Papá, te toca”, escuchas a lo lejos. Los pasos que das son certeros, tranquilos, serenos. Llegas a la zona infantil, dos niños idénticos juegan con una pelota. “Pásamela” grita una voz adulta. Sigues el recorrido de las ondas sonoras en sentido contrario para descubrir al emisor y en tu cabeza suena un trueno. La tormenta se ciñe en torno a ti. Rayos, centellas, lluvia torrencial. Quieres salir corriendo. Desaparecer. Porque el pasado debe quedar enterrado en el pozo del olvido.

No. El pasado siempre vuelve. Giras despacio, con sigilo, esquivando hojas, piedras o cualquier objeto que pueda llamar la atención ajena. Caminas despacio. Tiras de la correa de tu perro, del que te habías olvidado por completo. Una voz femenina a tus espaldas.
—Mira, cariño. Un bobtail.
Maldices. Dos voces infantiles se acercan.
—¡Qué bonito perro!
Maldices de nuevo. Tu perro ajeno a la tragedia se deja acariciar. Vive con emoción su momento. Dos niños y una mujer se desviven en caricias con él. Su dueña, o sea yo, permanece quieta, de espaldas, tiesa como un perchero. Es una situación ridícula.
Una voz masculina irrumpe como huracán. Es diferente. Más grave. En tu cabeza la recuerdas más dulce. Rememoras su forma de gemir, aprietas los dientes. “No llores”, te dices.
—Es precioso. Perdona, ¿cómo se llama?
Susurras:
—Se llama: Pelos.
Cierras los ojos.
—¡Papá! ¡Se llama como el nuestro!
Cierras los puños. Recuerdas la conversación: “Tendremos un bobtail y le llamaremos Pelos”.
Entre los adultos reina el silencio absoluto hasta que ella dice:
—Es tarde, debemos regresar al hotel.
Él sigue mudo. Sientes sus ojos clavados como puñales en tu espalda.

El pie derecho coge la iniciativa y comienza a caminar. Te vas alejando sin darte la vuelta. No quieres mirar. Resistes a un pasado que juraste olvidar, o al menos lo intentaste. Y maldices de nuevo por continuar con los planes que trazasteis. Por el nombre del perro, por la ciudad dónde hubierais vivido si él no hubiera decidido priorizar otros caminos. Piensas que has salido airosa, pero una mano te obliga a detenerte.
—No estarás pensando en largarte sin saludar...
Y maldices de nuevo.

Conversaciones conmigo



Ven, siéntate, tengo algunas cosas que contarte ahora que termina el año y toca hacer balance.

Este año hemos perdido a un ser importante. Sabíamos que el día iba a llegar, pero eso no lo ha hecho más fácil. Pasan los meses y sigues llorando, pasarán los años y seguirás llorando. No pasa nada, es lo normal cuando te unía tanto amor con el ser que se va. Permanecerá en el recuerdo para siempre.

También has cambiado de lugar de residencia, un cambio importante. Te has alejado de la zona de confort y has aprendido que el hogar está con los que quieres, el lugar es lo de menos.

Has comprobado que lo que hoy te angustia, mañana se soluciona. Que no debes perder el tiempo con pensamientos que no te hacen bien. Que hay personas que quieres, pero que no debes tener cerca. Que es mejor ocuparse que preocuparse.

Has entendido que escribir te da la salud mental que tanto necesitas, que no se trata de hacerlo todo bien. Que no puedes gustar a todos.

Que este desdoblamiento mental tuyo es muy común. Soy la voz de tu conciencia, quien mejor te conoce. Quien te consuela. No se trata de ser normal, se trata de ser tú. Pese a quien le pese y cueste lo que cueste.

Al 2018 no le pido nada, ya me remangaré para conseguirlo con ganas.

¡Feliz año para todos!